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 Cuentos sobre el verano 

               El baño de sol                En la playa de Ostia
               El caballito de mar                La ola que quería conocer el mundo
               Las vacaciones de la luna

 

 

El baño de sol

    Era una tarde de verano. Hacía tanto, tanto calor, que al sol le salían gotitas de sudor por todos sus rayos. Y le dijo a la luna:

    - Lunita, me voy a bañar.

    - No, no te bañes, sol. Sólo se refrescarán tus rayos. Tú llevas el calor dentro de ti.

    Pero el sol no hizo caso de la luna. Se tiró al mar y se ahogó. El cielo, lleno de pena, guardó su vestido azul y se puso oscuro. Las olitas del mar se quedaron quietecitas y calladas. Las estrellitas lloraban y dejaban caer sus lágrimas al mar. Sólo la luna estaba tranquila.

    - No os apuréis, amigos -les dijo-. El sol se refrescará y mañana muy temprano volverá a salir y lo veréis otra vez.

    A la mañana siguiente el sol salió por otro rinconcito del mar. Se levantaba fresco, brillante y alegre.

    El cielo se puso su vestido azul. Las olitas del mar volvieron a bailar. Las estrellitas se reían y la luna dio los buenos días a sus amigos y se fue a acostar.

 

 

 

En la playa de Ostia 

        A pocos kilómetros de Roma está la playa de Ostia, donde los romanos acuden a miles en verano. En la playa no queda espacio ni siquiera para hacer un agujero en la arena con una palita, y el que llega el último no sabe dónde plantar la sombrilla.

    Una vez llegó a la playa de Ostia un tipo extravagante, realmente cómico. Llegó el último, con la sombrilla bajo el brazo, y no encontró sitio para plantarla. Entonces la abrió, le hizo un retoque al mango y la sombrilla se elevó inmediatamente por el aire, sobrevolando miles y miles de sombrillas y yéndose a detener ala misma orilla del mar, pero dos o tres metros por encima de la punta de las otras sombrillas. El desconcertante individuo abrió su tumbona y también ésta flotó en el aire. El hombre se tumbó al amparo de la sombrilla, sacó un libro del bolsillo y empezó a leer respirando la brisa del mar, picante de sal y de yodo.

    Al principio la gente ni se dio cuenta de su presencia. Todos estaban debajo de sus sombrillas intentando ver un pedacito de mar por entre las cabezas de los que tenían delante, o hacían crucigramas, y nadie miraba hacia arriba. Pero de repente una señora oyó caer algo sobre su sombrilla; creyó que había sido una pelota y se levantó para regañar a los niños; miró a su alrededor y hacia arriba y vio al extravagante individuo suspendido sobre su cabeza. El señor miraba hacia abajo y le dijo a aquella señora:

    - Disculpe señora, se me ha caído el libro. ¿Querría usted echármelo para arriba, por favor?

    De la sorpresa la señora se cayó de espaldas, quedándose sentada sobre la arena y, como era muy gorda, no lograba incorporarse. Sus parientes acudieron para ayudarla y la señora, sin hablar, les señaló con el dedo la sombrilla volante.

    - Por favor -repitió el desconcertante individuo-, ¡quieren tirarme mi libro?

    -¿Pero es que no ve que ha asustado a nuestra tía?

    - Lo siento mucho, pero de verdad que no era mi intención.

    -Entonces, bájese de ahí; está prohibido.

    -En absoluto; no había sitio en la playa y me he puesto aquí arriba. Yo también pago los impuestos, ¿sabe usted?

    Mientras, uno tras otro, todos los romanos de la playa se pusieron a mirar hacia arriba y señalaban riendo a aquel extraño bañista.

    -¿Ves a aquél? -decían-. ¡Tiene una sombrilla a reacción!

    - ¡Eh, astronauta! -le gritaban-. ¿Me dejas subir a mí también?

    Un muchachito le echó hacia arriba el libro y el señor lo hojeaba nervioso buscando una señal. Luego prosiguió su lectura muy sofocado. Poco a poco fueron dejándolo en paz. Sólo los niños, de vez en cuando, miraban al aire con envidia y los más valientes gritaban:

    - ¡Señor! ¡Señor!

    - ¿Qué queréis?

    - ¿Por qué no nos enseña cómo se hace para estar así en el aire?

    Pero el señor refunfuñaba y proseguía su lectura. Al atardecer, con un ligero silbido, la sombrilla se fue volando, el desconcertante individuo aterrizó en la calle cerca de su motocicleta, se subió en ella y se marchó. ¿Quién sería aquel tipo y dónde compraría aquella sombrilla?

 

 

                                                        El caballito de mar


    Splashhhh, splashhhh, splashhhhhhhhh..... cuchicheaban las olas del mar haciéndole cosquillitas a la arena mientras le robaban algunos caracoles de todos colores ...
  
    Más lejos de la orilla, donde las olas mamás y papás charlaban de sus cosas, jugaban un caballito de mar y un pulpito bebé. El pulpito iba montado a caballo de Ana y cabalgaban por el gran mar. Ana, traviesa, daba vueltas y vueltas hacia arriba de modo tal que al pulpito se le enredaban sus tentáculos y, al no poderse sujetar, caía hasta que Ana cabalgaba rápido hacia él y lo dejaba sentarse encima otra vez; los dos reían muy divertidos. Al rato de tanto jugar llegó la mamá pulpo para llevarse a su hijito porque tenían que ir a una fiesta, así que Ana se quedó jugando al escondite entre algas y rocas con un amiguito invisible.

    Estaba tan divertida con su juego, que sin darse cuenta se encontró junto a las olitas de la orilla y se puso a saltar con ellas. Una de las veces que saltó muy alto descubrió un animalito muy gracioso que no paraba de mover sus alas de color limón. La curiosidad de Ana la llevó hasta la arena, se sentó allí quieta, el animalito se acercó a Ana y poco a poco paró de mover sus alas.

  • ¿Quién eres?, le preguntó Ana.
  • Soy Limón, una mariposa especial, contestó la mariposa.

    Ana muy interesada la miró por todos lados hasta que quiso tomarla en sus manos.

  • ¡No me toques!, le dijo la mariposa asustada, porque si lo haces moriré... solamente yo puedo tocarte a ti, y si quieres podemos jugar un juego la mar de divertido, terminó diciendo Limón.
  • ¿Un juego? ¿La mar de divertido? ¿Puedes nadar tú?, preguntó Ana asombrada.
  • Nooooo!, le contestó la mariposa, es una forma de decir que te va a divertir mucho, pero sólo puedo jugar un día contigo.

    Ana tenía muchas ganas de jugar, así que afirmaba con su cabecita y la mariposa le explicó cómo era el juego:

  • Yo te puedo dar un besito en tu nariz y después tú te vas a convertir en una niña que puedes hacer muchas cosas, pero..., dijo muy misteriosamente Limón, tienes que volver pronto para que con otro beso puedas volver a ser un caballito de mar, ¿entiendes?, preguntó mirando a los ojitos grandes de Ana.
    Ana ya estaba lista para empezar. Limón le dijo que mirara al cielo y pensara en una niñita. Ana lo hizo y Limón voló hasta la nariz de Ana, dándole un besito. Ana se había convertido ahora en una chiquita con pelo largo y todo. La mariposa le preguntó si quería ir a ver la Gran Ciudad con ella. Ana quería ver el mundo entero en realidad, pero empezar por la Gran Ciudad ya estaba bien. Limón miraba a su alrededor a ver si encontraba algo que estaba necesitando...
  • A ver, a ver..., dijo pensativa la mariposa.
    Detrás de un bote viejo y abandonado, encontró un remo medio roto, y un neumático de bicicleta picoteado por las gaviotas, voló haciendo círculos y rociando esas cosas con un polvo brillante. Al caer fue apareciendo una bicicleta poco a poco.
  • ¡Uy! ¡Qué lindo!, exclamó Ana.
  • Con esta bici vamos a ir las dos, yo voy en tu hombro.
    Así partieron las dos hasta la Gran Ciudad. Ana miraba todo. ¡Qué cantidad de gente!, pensó justo cuando a su derecha vio una enorme casa con picos muy altos que quizás hacían cosquillas a las nubes. Limón, que era una experta en la Gran Ciudad, le dijo al oído a Ana que esa casa era una iglesia; bueno en realidad era una catedral, y le preguntó a Ana si quería verla por dentro. Pero Ana ya había bajado de la bici y caminaba hacia la puerta gigantesca de la catedral.

    Ana caminaba muy despacito mirando todo lo de dentro con mucha curiosidad. De repente se plantó delante de un señor muy serio que hablaba de cosas que ella no entendía nada, con una voz fuerte que, extrañamente, se oía en todos lados y lo miró mucho rato... hasta que este señor levantó algo que parecía un caracolito chato y muy blanco.
  • ¿Qué es eso? ¿Qué está diciendo ese señor?, le preguntó Ana a Limón.
  • Este señor es un sacerdote, está oficiando misa y eso es una hostia, le respondió Limón pacientemente.
    Ana decía que sí con la cabeza aunque seguía sin entender mucho. Otra cosa que le parecía rara era que nadie le hablaba ni tocaba, era como si nadie pudiera verla. Se lo preguntó a Limón.
  • ¡Claro... me había olvidado de decírtelo!, exclamó Limón moviendo su cabecita, nadie puede vernos, porque si nos vieran quizá no podríamos volver más al mar.
    Ana ya quería irse, pero algo llamó su atención. Por una ventana entraba un rayo de luz de muchos colores y habían pequeñísimas partículas bailando para arriba y para abajo, soltándose y juntándose, haciendo formas locas... Caminó hasta allí parándose justo en medio de eso, cerró los ojos y sintió cómo le hacían cosquillitas en sus mejillas. Limón la miraba divertida y le preguntó:
  • Ana ¿sabes lo que es una jirafa?
  • Mmmmmm....! a decir verdad, no, no sé, dijo Ana.
    Limón le dijo que se apartara de la columna de luz y pensara en la palabra JIRAFA. Voló nuevamente, roció esta vez polvitos amarillos, blancos y marrones sobre las partículas bailarinas. Desde muy abajo empezó a subir ¡una jirafa! Justo cuando empezaban unos niños del coro a cantar, parecía un milagro.
  • ¡¡¡Ohhhhhhhhh!!!, dijo Ana tan alegre como sorprendida.
    Se acercó para acariciarla pero, cuando lo hizo, la jirafa se arrodilló y le dijo:
  • Sube, que te llevo a tu casa.

    Ana estaba contentísima y miró a Limón pidiéndole permiso. Limón movía la cabeza, permitiéndole subir.

    Limón tuvo que abrir la puerta entera para salir con la jirafa. Ana iba como una reina mirando todo desde muy arriba. Fuera ya, Limón sopló la bicicleta y quedaron cenizas muy chiquitinas de ella. Volvieron al mar por una calle que no dejaba de sorprender a Ana: había conejitos en jaulitas, papagayos, y muchísimos otros pajaritos extraños, perritos, muchas flores también, y gente bailando, algunos payasos, y mucha, pero mucha gente, caminando. Parecía que estaban en un circo ambulante. Ana, al final de esta calle, se sentía bastante cansada. Limón al verla así le dijo a la jirafa el camino más corto hasta donde vivía Ana.

    Cuando llegaron Limón le preguntó a Ana si se había divertido. Ana estaba tan cansada que apenas pudo darle las gracias a Limón. Limón se posó sobre la nariz de Ana dándole un besito y después revoloteó encima de la cabeza de la jirafa para que fuera entrando al mar con Ana. A medida que entraba iba desapareciendo y al final, cuando los pies de Ana tocaron el mar, se volvió otra vez caballito de mar.

    Fresca y alegre Ana saludó con la mano a Limón para despedirse.



 

La ola que quería conocer el mundo

    La ola rompía sobre la arena, aburrida de estar siempre en la misma orilla. Por lo tanto decidió irse a recorrer los mares del planeta. Tenía muchísimas ganas ver cosas nuevas, aprender y reírse, también quería hacer nuevas amigas y compartir lo que ella había aprendido en su vida.

    Oleando y oleando, llegó hasta unas orillas donde todos los niños tienen los ojos rasgados, y no era ni más ni menos que China.

    La ola estaba muy contenta de haber llegado tan lejos y se puso a hablar con todas las olas de este nuevo lugar. Pero, qué sorpresa tuvo cuando, después de saludarlas y contarles de dónde venía, se dio cuenta que las demás olas la miraban sin entender nada, pero eso sí, con sonrisas muy simpáticas. Se mezcló entre las demás olas, saltando, sonando, alisándose y volviendo a enrollarse, de manera tal que, al cabo de un rato, todas se entendían sin ningún problema.

    Las olas de China invitaron a la ola recién llegada a ver su país desde arriba, convirtiéndose en nube. Viajaron mucho por los cielos azules, viendo toda la geografía China, siguiendo ríos serpenteantes, montañas altísimas, ciudades llenas de rascacielos, a los que tenían que esquivar, subiendo todavía un poquito más para no chocar con ellos. También vieron los castillos chinos, con sus majestuosos dragones y sus múltiples torres picudas.

    Volaba maravillada hasta que un señor chino, que tenía un palo muy largo, le hace cosquillas y empieza a llover haciendo zig-zag, para no mojar los preciosos sombreros chinos. Esto le costaba bastante, ya que en China hay mucha, pero mucha gente, de verdad. Las otras nubes, que antes fueron olas, le dijeron que no se preocupara porque ellas también bajarían con ella y luego volverían al mar.
 
    Donde caían las gotas, crecían unas plantas de hojas muy verdes y robustos troncos, tan robustos que subían hasta el cielo. ¡Eran plantas gigantes!

    Los habitantes de China, que estaban muy preocupados, por la verde invasión, subieron escalando las plantas para hablar con el Señor de la Lluvia. Tenían que explicarle que eso no podía seguir, de un momento a otro su bella tierra se había convertido en una selva imposible de transitar.

    Por cada trocito de tierra donde alguna gota cayera, ahí subía una planta. En una preciosa plaza en medio de la gran ciudad, en las aceras adornadas con árboles, cada árbol parecía una miniatura al lado de las gigantescas plantas. Los campos se quedaron plagados y el sol casi no se podía ver.

    Todo esto creado por las olas que querían ver este lugar desde arriba y que un señor les hizo cosquillas... La ola, hecha nube, convertida en lluvia y luego en planta estaba triste, porque ella no quería hacer mal a nadie, y ahora se había quedado atada a la tierra para siempre.

El Señor de la Lluvia les recomendó a los escaladores que a las cinco de la tarde todo el mundo tenía que estar en su casa, todos tomando té. Algunos sacaron su dedo por la ventana, para saber qué era ahora esa lluvia. Sabía raro, no era ni dulce, ni salada, no tenía el gusto rico de la lluvia de siempre... Inmediatamente bebieron más té, para quitarse el sabor de la boca.

    Las plantas, bañadas por esta lluvia, se adormecían, bajando de las alturas y recostándose unas sobre otras. Los mismos chinos que subieron en busca de ayuda, fueron a buscar a los gnomos que viven en los bosques. No tardaron mucho en encontrarlos porque las raíces también estaban molestando a estos pequeños seres: ¡les estaban invadiendo sus casas bajo la tierra! Y por eso, estaban trabajando con sus poderes mágicos, para eliminar las molestas plantas.

    Tardaron muchos días y muchas noches en cortar con sus tijeras especiales. Hasta que una madrugada, cuando todos dormían, menos los gnomos, cayó un rocío brillante como las estrellas sobre las plantas dormidas, convirtiéndolas en florecitas de todos colores y, entre todas ellas, una  era brillante como el oro. Era la flor de la felicidad y cada cual que la mirase se pondría feliz y contento.

    Los gnomos, que son sabios conocedores de la naturaleza, sabían quienes eran esas preciosas flores, así que, después que todos los chinos pudieron admirar, oler y disfrutar de esta fiesta de colores, llamaron al viento para que las soplara al mar y así devolverlas a su lugar.

    Cuando las flores dormían, el viento las sopló suavemente hacia el mar, a todas menos a la flor de la felicidad, que se quedó para borrar todas las penas que las plantas gigantes dieron. La ola volvió a ser agua salada y se despidió de sus amigas chinas, para marcharse en busca de nuevos mares.

 

 

Las vacaciones de la luna


    Una noche el cielo estaba muy oscuro, de ese negro que solo está cuando la luna brilla por su ausencia. De las chimeneas salían nubes de humo que llegaban muy alto. Se sorprendieron de no ver ninguna luz por allí arriba, pero poco a poco y sin que nadie se diera cuenta se fueron disolviendo en el aire.

    Las estrellitas se preguntaban unas a otras dónde estaría la dama de la noche. Los barcos en el mar intentaban encontrarla en sus latitudes, pero por ningún lado había un rayito de ella. Desde el otro lado del mundo se oía una voz cantando:

    Tiii-tiraaa-tiruriii-titaaaaaaa....

    Y entre dos palmeras muy divertidas que bailaban con el viento se encontraba la luna, chapoteando en el mar, como una niñita pequeña. Eso sí, tenía unos enormes anteojos de sol. Estaba muy divertida porque no tenía que brillar por todos lados. Trajo consigo una maletita con algunas cosas: sus distintas caras, la menguante, la creciente, la nueva y la llena; también trajo algunas estrellitas vecinas que se negaban a salir de la oscuridad de la maleta, algunos polvos del cielo que usaba para resaltar más su linda blancura...

    Después de un buen rato la luna empezó a enrojecerse, su piel que siempre fue tan blanca le ardía bastante, no se había puesto ningún protector solar, porque no existía ninguno para una luna tan grandota.

    El sol, los delfines que pasaban y todos los habitantes marinos se tapaban la risita, pero sin poderse contener al final.

    - ¡AAAYYYY..... cómo me pica! ¡Cómo me piiiicaaaa!, estoy toda roja, ¡que raro es!, se quejaba la luna.

    El sol estaba riéndose bastante y empezó hablarle a la luna:

    - Jo-Jo-Jo-Jo.... qué risa, una luna roja, ¿y ahora cómo vas a dar luz? Vas a dar una luz muy roja y en realidad nadie va a encontrar más sus caminos, ni se formaran más caminos de luz de luna en el mar... terminó de decir el Sol un poco triste.

    - Y ahora ¿qué puedo hacer? ¿Cómo haré para volver a ser blanca y hermosa?, decía afligida la luna.

    Los animalitos le dieron toda clase de consejos de qué podía hacer para quitarse el ardor, ella muy paciente los seguía al pie de la letra, pero además de quedar como una luna loca mucho efecto no le hacía.
    Un delfín le dijo en secreto lo que le devolvería su blancura: tenía que beber mucha, pero mucha, leche de vaca. La luna le tiró un besito al aire, sin siquiera tocarse los labios porque también le ardían, y se fue corriendo para todos los países que tuvieran vacas y las dejó casi sin una gota para nadie más...

    Poco a poco fue aliviándose su penar. Al acercarse al mar por la noche se dio cuenta que ya no estaba más roja, pero sí estaba enormemente grande, más que el sol, después de haber tomado tanta leche. Después de haber estado lejos tanto tiempo, ahora tenía que ponerse la cara de Luna creciente, y no le entraba por ningún lado se le salían pedazos de luna por todos los costados, así que se puso a hacer algo de ejercicio.

    - ¡Hop!¡Hop!¡Hop! Vueltas para arriba...¡Hop!¡Hop!¡Hop! Vueltas para abajo...¡Hop! ¡Hop!¡Hop! Muchas vueltas más hasta volver a estar como antes... ¡Hop!¡Hop!¡Hop!...

    Al terminar de dar tantas vueltas había vuelto a ser la bella luna de siempre, con su bonita cara Creciente... Así fue cambiando tranquilamente sus caras hasta cuando por fin se pudo poner Llena, por suerte no quedaba ningún rastro de sus locas vacaciones.

    Todos los peces, pulpos, delfines y demás habitantes marinos se reunieron a cuchichear muy bajito algunas cosas. Lo hacían tan en secreto que la luna por más que disimuladamente bajara para oír mejor, no se enteraba de nada.
Los delfines saltaron dando piruetas en el aire, los pulpos saltaron también muy graciosos tocándose sus tentáculos encima de su cabeza, todas las almejas, mejillones y ostras hicieron música castañeteando, los peces llenaron de maravillosos colores el baile acuático porque todos querían cantarle a la bella de la noche lo resplandeciente que estaba y cómo adoraban a esta estupenda anfitriona de la gran fiesta en el camino de luz de la Luna Llena.