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 Cuentos variados 

               La bruja cocinera                El cuento de los cuentos
               La increíble historia del niño Golosín                El árbol herido
               El viento del norte y el Sol                Las estrellitas
               La palmera coqueta                El árbol mágico
               La araña y la viejecita                El monstruo peludo
               Como la sal                La vieja del bosque
               Cuento de miedo, pero menos                El burrito descontento

 

 

La bruja cocinera

    Había una gran cabaña de madera en el bosque donde todo el mundo decía que vivía una bruja muy mala, muy mala. Nunca nadie se había atrevido a entrar. Un día mientras recogía hojas para un trabajo de su escuela, un chico se acercó a la cabaña. La curiosidad le llevó a entrar al jardín, y luego se acercó a una de las ventanas de la cabaña, pero no pudo ver nada. Como quería saber lo que había, pensó que no le pasaría nada, y entró en la casa. Parecía que estaba vacía que no había nadie. Pero al fondo divisó una viejecita que removía la cuchara junto al fuego. Se acercó con mucho cuidado, y la tocó en el hombro.
    -Buenas tardes, señora. 

    - Hola muchacho - respondió ella. ¿ No tienes miedo de mi.?

     La pobre anciana estaba muy arrugada y no tenía dientes. El muchacho dijo que no. La anciana se puso muy contenta e invitó al muchacho a merendar. Le contó que de joven había sido un hada buena, pero cuando se había hecho mayor todo el mundo creyó que era una bruja, y no podía ir a la ciudad. Ya se había acostumbrado a vivir sola en aquella cabaña, pero siempre le gustaba pensar que algún día alguien entraría a verla. Y así fue.

     Como el muchacho fue tan amable con ella, le dijo que le pidiera un deseo, pues se lo concedería. Y el muchacho de buen corazón viendo a la anciana tan contenta por su visita le pidió que su jardín se convirtiera en un parque infantil para niños. Y así fue, todos los niños jugaban allí y la anciana les hacia la merienda, siendo muy feliz, muy feliz al saber que la gente ya no le tenía miedo. Y todo el mundo la llamaba cariñosamente la bruja cocinera.

 

 

El cuento de los cuentos

    Un día, cuando Caperucita Roja iba por el bosque, vio al lobo muy triste.

    - ¿Qué te pasa Lobo? - le preguntó.

    - Estoy aburrido de estar siempre en el mismo cuento.

    - Si quieres nos marchamos a buscar amigos nuevos - dijo Caperucita.

     Se cogieron de la mano, dieron un gran salto y cayeron en el cuento de Blancanieves.

   - ¿Dónde vais? - les preguntó Blancanieves.

   - Vamos a buscar amigos nuevos - le dijeron.

   - Yo también estoy aburrida de dormir siempre en este cuento.

   Se cogieron de la mano, dieron un gran salto y cayeron en el cuento de Pinocho.

    - ¿Dónde vais? - les preguntó Pinocho.

   - Vamos a buscar amigos nuevos - le contestaron.

   - Yo también estoy harto de mentir y no quiero que me crezca más la nariz.

      Se cogieron de las manos, dieron un gran salto y fueron cayendo en un cuento, otro cuento, otro, otro y otro... hasta que ya no quedaba ninguno.

        Como eran tantos los personajes no cabían todos juntos en un solo libro. Por eso decidieron salir al mundo de la Realidad. Se cogieron de las manos, dieron un gran salto y salieron disparados hacia afuera.

   Entonces sucedió algo terrible: los cuentos se quedaron vacíos. los niños y las niñas se pusieron tristes, muy tristes, pues sus compañeros de aventuras fantásticas habían desaparecido. 

    Pascu, que era un niño curioso, seguía mirando sus cuentos vacíos. Un día que hojeaba el cuento de Blancanieves descubrió al enanito Gruñón.

    - ¿Por qué se han ido todos? - le preguntó.

   Frunció el ceño y gruñó:

  - Buscaban amigos en el mundo de la Realidad, pero se han quedado atrapados en el mundo de los Ojos Cerrados.

    Pascu decidió que iría a buscarlos. Cerró los ojos y se dejó llevar a través de la Fantasía. Recorrió jardines amarillos, casitas de chocolate, castillos encantados... hasta que llegó a un camino. Por él caminaban el príncipe sapo, los tres cerditos, la bruja, los cabritillos...

    - ¿Quién eres tú? - le preguntó Cenicienta.

   - Soy Pascu y vivo en la Realidad. He venido a deciros que todos los niños y las niñas somos vuestros amigos y necesitamos que volváis a los cuentos.

     - Nosotros también queremos volver, pero no sabemos cómo salir de este lugar.

     - Si me dais la mano yo os puedo sacar.

   Pascu los sujetó fuerte, abrió los ojos y los fue colocando a cada uno en su cuento. Desde entonces nunca más salieron de ellos.

   Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

    Bueno, algunas veces salen para asomarse a la televisión... pero enseguida vuelven, no vaya a ser que un niño o un aniña abra las páginas de algún cuento y las encuentre vacías.                       

 

 

 

La increíble historia del niño Golosín  

    Érase una vez un niño muy mal comedor. Siempre protestaba por las comidas que le hacía su mamá en especial odiaba las verduras y el pescado. Él siempre decía que estaría todo el día comiendo dulces, tartas de manzana y  pasteles de chocolate, también disfrutaría devorando pastelitos de cabello de ángel,  cañas de crema,  bollitos, buñuelos de viento y tortas de anís que lo volvían loco y croissant de chocolate y... 

   - Basta!!! -dijo la madre un día que el niño se negaba rotundamente a cenar su plato de verduras y pescado-, si no te acabas el plato te irás a la cama sin postre.

   Y como el niño no probó bocado se fue a su habitación sin más. Y allí estaba maldiciendo su plato de verduras con pescado.

   - ¡Ojalá no tuviera que comer verduras y pescado nunca más! Me pasaría la vida comiendo dulces...

   De repente ante sus ojos apareció una hermosa señora que no era otra que su hada madrina y le dijo: "he venido a concederte este deseo que acabas de formular, a partir de ahora no tendrás que comer nada más que dulces y pasteles como a ti te gustan".

   - "¿De verdad, hadita, no tendré que comer nunca más pescado ni verduras ni garbanzos?"

   - "Nunca más pequeño, a partir de ahora todos los alimentos que toques se convertirán en deliciosos productos de pastelería" y, después de despedirse, desapareció con la misma facilidad con que había aparecido.

     Al día siguiente el niño comprobó que su deseo se había hecho realidad. El desayuno consistió en un tazón de chocolate con nata acompañado por unos churros calientes. Al mediodía no tuvo menos suerte, un surtido de tartas y pastelitos lo esperaban encima de la mesa mientras el resto de la familia se comía su plato de patatas con carne  estofada. Al niño le supo mal no poder probar aquel plato que era uno de sus favoritos pero no se quejó puesto que prefería seguir con lo suyo. Y a la hora de la cena  un pastel de moras y una natilla se comió. Y así fue al día siguiente y al otro hasta que un día se quedó desganado.

    - "¿Que hay para comer mamá?"

    - " Hoy tienes tarta de nueces con chocolate"

   - "No me apetece mamita, ¿no hay nada más?"

   - "Tienes pastel de moras o tarta de chocolate o natillas de vainilla o...

   - "No sigas mamá, no tengo más hambre".

   En aquel momento la familia estaba comiéndose un plato de verduras y el niño observó cómo humeaban aquellas patatas, las verdes acelgas que se adivinaban tiernas, aquellas zanahorias de color intenso y los brillantes guisantes todo regado con aceite de oliva virgen y también miraba la cola de merluza adornada con rodajitas de limón y las rebanadas de pan crujiente. Pero en cuanto intentaba tocar algo, inmediatamente se convertía en un delicioso pastel.  El niño se levantó disgustado y corrió hacia su habitación llorando.

   - "Hadita, hadita buena, donde estás quiero comer un plato de verduras y pescado como los demás".

   El  hada madrina que era muy comprensiva acudió a su llamada.

   - "Estás seguro de que ya no quieres comer dulces todos los días".

   - "Estoy seguro, quiero comer como todos y de vez en cuando... un dulce".

   Y así fue. Cuentan que a partir de entonces fue un fantástico gourmet.

 

 

El árbol herido

    Laura y Víctor eran dos buenos amigos que jugaban en un maravilloso prado donde un soberano y centenario árbol daba cobijo con su sombra a todos los que por allí paseaban.

    —¡Vamos a jugar a buscar piedras preciosas! —Dijo Laura a Víctor.

    Intentando encontrar una valiosa piedra preciosa, se toparon con un viejo y oxidado clavo. —¡Vaya! —exclamó Víctor—, me acabo de encontrar un clavo. —¿Qué podemos hacer con él? —Dijo Laura. —Le clavaremos en el árbol con ayuda de una piedra. —Volvió a contestar Víctor. Y así fue. Víctor, con el consentimiento de su amiguita, comenzó a introducir el objeto metálico en la noble madera. 

    Cuando faltaba poco para finalizar la tarea, se escuchó un enorme quejido: ¡Ahhh…, basta ya! Víctor y Laura se quedaron sentados de culo del susto que se llevaron. —Es, es…, el…, el árbol que se ha quejado. —Decía Laura con voz temblorosa y ahogada. —Sí, eso creo. —Afirmaba Víctor con la mirada fija en el árbol.

    De pronto, el árbol empezó a hablar como un humano. —¡Niños, dejad de inflingirme con vuestras manos un castigo tan cruel! Desde que nací, vosotros los humanos, me habéis llenado de señales y heridas, habéis mutilado mis ramas, habéis deshecho los nidos de mis amigos los pajaritos. Nunca tenéis palabras de amor ni ternura para mí. Y ahora tú, me dañas con ese vil metal. —Dijo el árbol.

    Laura y Víctor empezaron a gritar: —¡Venid, venid todos, el árbol nos está hablando! Y todos los que por allí paseaban, acudían para ver tan milagroso e insospechado suceso. El árbol seguía hablando: —Os doy sombra, belleza, oxígeno, madera y papel para que estudiéis; llamo a las nubes para que rieguen vuestros campos. Gracias a nosotros los árboles hay vida en nuestro planeta…

    El árbol hizo un silencio y de sus ramas brotaron lágrimas. En efecto, el árbol estaba llorando. —Por favor, yo quiero ser vuestro amigo, no me hagáis daño y aprended a quererme. Laura, Víctor y todos los presentes no daban crédito al suceso que presenciaban.

    Informado el alcalde de la villa, mandó hacer una valla alrededor del árbol para que nadie pudiera agredirle nunca más. El árbol, en gratitud, creció y creció hasta llegar a una altura considerable, y de cada una de sus lágrimas que el viento esparció, nació un pequeño arbolito que embelleció el prado de la villa.

    Laura y Víctor, cuando se hicieron adultos, contaban esta historia ante la incredulidad de muchos; pero ellos estaban seguros de que en el prado donde ellos se criaron, un árbol se quejó de la falta de humanidad, y en vez de castigarnos muriéndose de pena, creó un hermoso prado lleno de vida y alegría.

 

 

El viento del norte y el Sol

Un día, el viento del norte y el sol estaban discutiendo sobre quién de los dos era más poderoso.

- Si soplase con todas mis fuerzas, todo el mundo quedaría congelado -dijo el viento del norte.

A lo que el sol replicó:

- Si brillase con toda la intensidad de que soy capaz, todo el mundo moriría de calor.

Ninguno de los dos quería admitir que el otro era más fuerte que él.

-Veamos quién de los dos es más fuerte -sugirió el viento del norte.

El sol contestó: -De acuerdo. ¿Te parece bien que el ganador sea aquel que logre quitar su ropa a un caminante?

El viento respondió con presunción: -Eso está hecho. De un solo soplido, le dejaré sin abrigo

Entonces el viento respiró muy hondo y sopló con todas sus fuerzas. Una fría ráfaga de aire silbante azotó al caminante.

- ¡Brrr! ¡Me estoy helando! ¡Con este frío tan repentino no me queda otro remedio que abrigarme! - exclamó el viajero, y se envolvió con varias prendas que sacó de su bolsa

- Está bien, volveré a intentarlo - dijo el viento del norte, y comenzó a arrojar otra fuerte ráfaga. Pero el caminante se abrigó más y continuó andando.

-¡Has fallado, viento del norte! Ahora me toca a mí - declaró el sol, y comenzó a mandar rayos ardientes hacia el caminante.

Éste pensó: ¿Y ahora, qué? ¡Vaya un día más extraño! De pronto está haciendo calor, y comenzó a secarse el sudor de la frente.

El sol calentó aún más al caminante.

¡Uf! ¡Este calor es insoportable! Me quitaré toda esta ropa - exclamó. Y, a continuación, se desnudó y se zambulló en el río.

Admirado por el éxito del sol, el viento del norte reconoció: - Utilizando la fuerza no he conseguido que el caminante hiciera lo que yo pretendía.

MORALEJA: Más vale convencer a los demás con la amabilidad que con la fuerza

 

Las estrellitas


    Una noche como la estrellita estaba medio aburrida, empezó a balancearse, a la derecha y a la izquierda, a la derecha y a la izquierda, cada vez más, y más y más, tanto que tocó a la estrellita que estaba a su izquierda haciendo  bing  y después a la que estaba a la derecha haciendo bang. Esta musiquita le gustó mucho así que se puso a hacer más música, hasta que una estrellita que estaba delante suyo la tocó haciendo bongggg, estaban las dos muy bien sincronizadas, ya que la primera hacia  bin-bang   y en el medio la otra hacía  bongggg, todo fue muy bien hasta que las otras estrellas decidieron copiarlas también...

    Por todo el cielo escuchabas:  bing bang bong bonggg bing-bing bang-bing bang ...   Todas las estrellitas querían escuchar su propia musiquita. Entonces lo hacían más fuerte, más rápido, más veces, hasta que aquello no era mas música sino un ruido ensordecedor...

    - ¡Shhhhhhh! estrellitas, ¿se han vuelto todas locas?, exclamó el sol.

    De repente se callaron todas y empezaron a dormir, porque cuando el sol llega se hace se hace tarde para ellas. Una estrellita que estaba por allí atrás no dormía todavía e hizo:  bin-bing-bing-bingg  muy rápidamente. El sol puso sus manos en las caderas y le dijo:

    - ¡Eeeehhhhhh....! ¿pero qué pasa?

    La estrellita se quedó callada un momento, pero cuando el sol dio media vuelta se rebeló otra vez haciendo dos veces bing y miró disimuladamente hacia el cielo con sus manitos atrás. El sol la miró con una ceja para arriba, mandándole algunos rayos de sol.

    - ¿Por qué no duermes tu? ¿No ves que ya he llegado? Empieza a ser muy tarde para una estrellita chiquitita como tú, dijo el sol.

    - Es que no tengo sueño, contestó protestona la estrellita, además ¡todavía no es del todo de día!, le dijo caprichosa.

    El sol le mandó muchos rayos, y la estrellita empezó a bostezaaaar, bostezaaar y bostezar ...

    - No quiedo dodmiid..., logró decir antes de quedarse dormidita.

    El sol dio los buenos días a todas las florecitas que se abrían para saludarlo. Y colorín colorado el cuento del día ha acabado.

 

La palmera coqueta


    Delante de la casa y de este lado del mar, a los pies de la arena, había una palmera. Tenía sus penachos muy arregladitos con una raya en el medio, todos estaban muy ordenaditos, unos a éste lado y otros al otro.

    La palmera estaba muy contenta, hasta que llegó el viento y se entretuvo con ella revolviéndole todos - todos sus penachos-pelos. La pobre se quedó de lo mas desilusionada. Cuando por la noche se encendió la luna y pudo verse en el espejo del mar... ¡Qué pinta tenía! ¡Qué desarreglada estaba! - pensó la palmera.

    Miró a las estrellas y les pidió un poquito de su titilar a ver si con eso podría estar mejor. Algunas de las estrellas la rociaron con su titilar, pero cuando llegó el sol ya no se veía mas.

    Pensaba y pensaba la palmera qué podía hacer para quedarse todo el tiempo bien arreglada. Se puso agua de mar y se peinó para atrás. Esto le gustaba, le daba un aire moderno, estaba contentísima así. Pero con lo que la palmera no había contado era que al medio día el sol calienta mucho y el agua de mar se seca y sus penachos-pelos quedan como de cartón. Una brisa le devolvió el movimiento y la gracia normales, quedándose gran parte de sus penachos-pelos delante de su cara.

    Mientras volvía a pensar, al otro lado del mar había un palmero que no dejaba de mirarla, que le parecía la palmera mas bonita que había visto ¡Y qué penachos-pelos tenía! El palmero estaba buscando la forma de poder ir hasta ella. Una cosa que no saben hacer las palmeras es nadar.

    La palmera había encontrado los adornos perfectos: las medusas. Se puso montones de medusas y estaba brillante, pero brillante en todos los colores y a medida que sus penachos-pelos se movían, cambiaban de color.

    El palmero estaba chupando y chupando el mar a medida que disimuladamente se iba acercando a la palmera coqueta. Cuando llegó hasta ella se quedó maravillado del colorido de sus penachos-pelos. Era mucho mas linda desde aquí que desde su orilla.

    La palmera vio al palmero y no entendía por qué estaba tan gordo. El pobre palmero tuvo un estornudo fatal, tan fatal que toooooodo el mar cayó encima de la palmera y ésta se quedó llena de arena, penachos revueltos, algunos estaban quebrados, llena de algas y caracolas y de tantas cosas que la palmerita se puso a llorar de desconsuelo. 

    El palmero terminó curvado en su otra orilla lleno de vergüenza por lo que había pasado. Y su hechizo de palmera de un estornudo acabó.

 

 

El árbol mágico

    En el centro de la placita de un pueblo había un precioso árbol. El árbol tenía ramas muy largas para los costados y también para arriba. Parecían unos brazos locos que invitaban a los niños a subirse a él.

    Pero el árbol, que ya era muy viejo, porque tenía 103 años, estaba un poquito triste. Resultaba ser, que de tan abuelito que era, y de tan, pero tan gordo que estaba - había bebido mucha lluvia decían - , que le pusieron una cerca a su alrededor...con un cartel. Pero como él no sabía leer... Estaba más y más triste porque era un abuelito sin la alegría de sus chiquitos.

    Un día escuchó el árbol - porque saben oír muy bien ellos - que alguien leía el cartelito: " Árbol centenario. Monumento histórico nacional. Plantado por....."

    Pero al árbol no le interesaba nada esas cosas. Él quería oír risas y sentir cómo  trepaban los chicos... oír los secretos que le contaban... pero no le gustaba nada cuando las personas grandes le hacían daño, escribiéndolo o rompiéndolo.

    Tanto tiempo había pasado... que el árbol ya se había cansado de esperar.

    Una tarde de primavera, un niño, de unos 10 años, pasó la cerca. ¡Qué contento se puso el árbol...! Tanto, que mirad lo que pasó:

    El niño fue a buscar a otro amigo para no estar tan solito. Treparon a una rama que iba para el costado del sol y se quedaron recostados contándose cosas... pequeños secretos de cosas que les gustaría hacer.

    El árbol escuchaba todo y se reía con sus hojas alegres. Entonces pensó que sería una buena idea hacer un poquito de magia.

    El niño que primero había trepado se llamaba Guillermo, el otro Agustín. Guillermo le contó a Agustín que él quería poder ganar muchas veces a las bolitas para que Jorge no se riera más de él en el colegio, y así Carlota se haría su amiga.

    Al día siguiente, misteriosamente, Guillermo ganó en todos los recreos a las bolitas y Carlota le dijo que lo había hecho muy bien y le regaló una bolita preciosa. Guillermo estaba muy contento y guardó esa bolita como "la bolita de la buena suerte"

    Esa misma tarde, después del cole, fue saltando y cantando de alegría al árbol, a encontrarse con Agustín y le contó todo lo que pasó.

    Así, el árbol escuchó todo y estaba muy feliz, ahora se reía muy fuerte con sus ramitas y sus hojas... - La magia funcionó! se dijo el árbol.

    Agustín también le contó lo que quería hacer con muchas ganas y fue así como el árbol abuelito se convirtió en el Árbol Mágico, el que concedía los sueños.

 

 

La araña y la viejecita

    En una casita, en lo alto de una montaña, vivía hace tiempo una viejecita muy buena y cariñosa. Tenía el pelo blanco y la piel de su cara era tan clara como los rayos del sol. Estaba muy sola y un poco triste, porque nadie iba a visitarla. Lo único que poseía era un viejo baúl y la compañía de una arañita muy trabajadora, que siempre le acompañaba cuando tejía y hacía labores.

    La pequeña araña, conocía muy bien cuando la viejecita era feliz y cuando no. Desde muy pequeña la observaba y había aprendido tanto de ella que pensó que sería buena idea intentar que bajara al pueblo para hablar con los demás. Así aprenderían todo lo que ella podía enseñarles. Ella les enseñaría a ser valientes cuando estén solos, a ser fuertes para vencer los problemas de cada día y algo muy, muy importante a crear ilusiones, sueños, fantasías.

    Las horas pasaban junto a la chimenea y las dos se entretenían bordando y haciendo punto. La viejecita, apenas podías sostener las madejas y los hilos en sus brazos.

    - ¡Qué cansada me siento!, ¡me pesan mucho estas agujas!, decía la ancianita.

    La arañita, la mimaba y la sonreía. Un día, la araña, pensó que ya había llegado el momento de poner en práctica su idea.

    - ¿Sabes lo que haremos? ¡Iremos al mercado a vender nuestras labores! ¡Así, ganaremos dinero y podremos ver a otras personas y hablar con ellas!.

    La anciana no estaba muy convencida.

    - ¡Hace mucho tiempo que no hablo con nadie!, dijo la anciana. ¿Crees que puede importarle a alguien lo que yo le diga?

    - ¡Claro que sí! ¡Verás cómo nos divertimos!.

    Se pusieron en marcha, bajaron despacito, como el que no quiere perder ni un minuto de la vida. Iban admirando el paisaje, los árboles, las flores y los pequeños animalitos que veían por el camino. Llegaron al mercado y extendieron sus bordados sobre una gran mesa. Todo el mundo se paraba a mirarlos. ¡Eran tan bonitos!.

    La gente les compró todo lo que llevaban. Además hicieron buenos amigos. Enseguida, los demás, se dieron cuenta de la gran persona que era la viejecita y le pedían consejo sobre sus problemillas.

    Al principio le daba un poco de vergüenza que todo el mundo le preguntara cosas. Pero poco a poco descubrió el gran valor que tienen las palabras y cómo muchas veces una palabra ayuda a superar las tristezas. Palabras llenas de cariño como:

    - ¡Animo, adelante, puedes conseguirlo! ¡Confía en ti, cree en ti!.

    Ella también aprendió ese día que las cosas que sentimos en el corazón debemos sacarlas fuera, quizá los otros puedan aprovecharlas para su vida.

    La arañita le decía a la anciana:

    -  ¡Deja volar tus sentimientos, se alegre, espontánea, ofrece siempre lo mejor de ti!

    La viejecita y la araña partieron hacia su casita de la montaña. Siguieron haciendo bordados y bordados. Trabajaban mucho y cuando llegaba la noche la araña se iba a su rinconcito a dormir. La anciana se despedía de ella y le decía: ¡Gracias por ser mi amiga! Un amigo es más valioso que joyas y riquezas, llora y ríe contigo y también sueña.

    Mientras sentía estos pensamientos, la viejecita se iba quedando dormida. Sus ojos cansados se cerraron y la paz brilló en su cara. La luna les acompañaba e iluminaba la pequeña casita y nunca, nunca estaban solas. Más allá, muy lejos, sus seres queridos velaban sus sueños

 

 

El monstruo peludo

    En medio de un bosque oscuro, en una caverna húmeda y gris, vivía un monstruo peludo. Era feísimo; tenía una cabeza enorme, plantada directamente sobre dos piececitos ridículos, lo que le impedía moverse mucho. Por eso no podía irse de su caverna.

    Tenía también una gran boca, dos ojillos verdosos y dos brazos largos y delgados que salían de sus orejas y que le permitían atrapar a los ratones. El monstruo tenía pelos por todas partes: en la nariz, en los pies, en la espalda, en los dientes, en los ojos y en todos lados.

    Aquel monstruo soñaba con poder comerse a las personas. Todos los días se instalaba bajo el umbral de su caverna y decía, lanzando siniestras carcajadas:

    - Al primero que pase me lo como.

    Pero la gente no solía pasar por allí, porque la caverna estaba en la parte más cerrada y tenebrosa del bosque. Y como el monstruo no podía correr, debido a sus ridículos piececillos, nunca podía atrapar a nadie. No obstante, seguía esperando y no se cansaba de decir:

    - Al primero que pase me lo como.

    Un día hubo un rey que cazaba por aquel bosque y se perdió entre la espesura. Ignorando el peligro que corría, llegó hasta la caverna del monstruo peludo. Dos largos brazos surgieron desde un rincón oscuro y atraparon al rey.

    - ¡Ajá! ¡Por fin tengo para comer algo mejor que los ratones!

    Y el monstruo peludo abrió una enorme bocaza.

    - ¡Alto! ¡Quieto! Conozco algo mucho mejor que yo para que te lo comas.

    - ¿Qué es?, contestó el monstruo.

    - Niños tiernos.

    - ¿Ah, sí?

    Entonces el monstruo peludo ató una larga cuerda a la pierna del rey y le dijo que le dejaría irse si podía traerle un niño para comérselo. El rey le prometió que volvería con el primer niño que encontrase.

    - Cuidado con lo haces. Si intentas engañarme tiraré de la cuerda y la traeré hasta aquí, y con ella a ti, ¿has comprendido?

    Entendido, respondió el rey.

    Y así el rey montó en su caballo y se fue hasta el lindero del bosque. Allí se detuvo, sacó unas grandes tijeras de su bolsa de viaje e intentó cortar la cuerda que le ataba al monstruo. Pero cual no sería su sorpresa al comprobar que la cuerda era imposible de cortar. Y el monstruo riéndose, desde lejos, le dijo al rey:

    - ¡Ja, ja, ja! No intentes engañarme.

    Y así el rey prosiguió su camino, francamente desanimado. No tardó en atravesar un pueblo con la esperanza de encontrar allí algún niño. Pero pronto quedó decepcionado: no había nadie en las calles, todos los niños estaban en la escuela.

    Entonces el rey siguió galopando, siempre con la cuerda atada al pie. Al llegar cerca de su castillo vio por fin a una niña que corría delante de él en medio del camino.

    - ¡Ah! Aquí tengo exactamente lo que necesito.

    Pero cual no sería su sorpresa cuando vio, al acercarse, que la niña en cuestión era su propia hija, la pequeña Lucila, que se había escapado del castillo para ir a comprar chucherías. El rey la regañó furioso:

    - ¡Te tengo prohibido que te compres chucherías! ¡Y también te tengo prohibido que salgas del castillo!, ¡ay!, si tu supieras...

        Y le contó la promesa que le había hecho al monstruo. 

        Al otro extremo de la cuerda, en la caverna húmeda y gris, el monstruo lo estaba oyendo todo gracias a su auricular. Soltando una risita sarcástica le dijo:

    - ¡He, he, he! ¡Nada de jugarretas! Quiero tener a esa muchachita aquí inmediatamente. De lo contrario...

    El rey se puso a llorar y la pequeña Lucila tuvo que consolarlo:

    - No llores papá. Iré muy a gusto donde ese monstruo para que me coma.

    - ¡Ay que desgracia hija mía! ¡Ay, ay, ay!

    El rey hizo montar en su caballo a la pequeña y volvió hasta la caverna, desde seguía guiándole el monstruo, que no paraba de tirar de la cuerda. Cuando llegó el rey, todo tembloroso, depositó allí a su hija. El monstruo desató la cuerda y ordenó al rey que se fuera inmediatamente. Luego se volvió hacia la niña, que le esperaba muy seriecita, con las manos tras la espalda.

    - ¡Vaya, vaya!, no pareces muy feliz...

    - Porque me pica la nariz.

    Ante tal respuesta, el monstruo se quedó un tanto cortado. No le gustaba que le interrumpieran, ni tampoco le gustaba que le tomasen el pelo, precisamente a él que tenía tantos. Y le daba la impresión de que Lucila se lo quería tomar.

    - Oye, niña, yo te voy a enseñar...

    - Los pelos del paladar.

    - ¡Mocosa! ¿Cómo te atreves?

    - ¡Depílate los percebes!

    Y es que el monstruo tenía también abundancia de pelos en las manos cuyos dedos parecían gigantescos percebes.

    - ¡Te arrepentirás de eso! 

    - ¡Te huelen los pies a queso!

    - ¡Mira, que a mí no me engañas!

    - ¡Cepíllate las pestañas!

    - ¡Está bien! Contaré hasta tres para que te calles: Una...

    - Da la vuelta a la aceituna...

    - Dos...

    - Si te miro me entra tos...

    - Y tres...

    - Te volveré del revés...

    - ¡Si vuelves a hablar te elimino!

    - Te esperaré haciendo el pino.

    El monstruo estaba ya fuera de sí. La cólera le hacía rodar por tierra pegando puñetazos. Lo cual resultaba un espectáculo bastante divertido. Finalmente rugió:

    - ¿Así es como educan a las princesas? ¿Eres la hija de un rey o la hija de un bandolero?

    - La solución la llevo escrita en el trasero.

    - ¡Se acabó! ¡Vas a acabar conmigo!

    - ¡Y con los pelos de tu ombligo!

     La rabia del monstruo era ya indescriptible. La furia le hacía hincharse, y llevaba ya un rato hinchándose e hinchándose. Y se hinchó tanto que al final estalló de cólera. Hizo explosión en mil pedacitos que el viento se llevó en todas direcciones y que se transformaron en mariposas multicolores y flores perfumadas.

    Pero bajo la piel del horrendo monstruo peludo apareció el príncipe más guapo que imaginarse pueda. El príncipe con una sonrisa cautivadora declaró:

          Oh, Lucila, me llamo Arturo,

tú me has liberado, estoy entusiasmado,

de un pérfido conjuro,

que me tenía prisionero, te soy sincero,

desde hace muchos años quisiera

darme un baño. Mi agradecimiento

es infinito, Lucila, mi cielito.

Y además me gustas mucho,

en cuanto pueda me ducho.

¿Querrás casarte conmigo?

No tengo pelos en el ombligo,

ni tampoco en las narices,

vamos a ser muy felices.

    A la muchachita le pareció que la proposición era encantadora. La aceptó inmediatamente y los dos jóvenes se fueron volando sobre el lomo de una mariposa gigante. Y a  partir de entonces nunca, pero nunca jamás, nadie volvió a oír hablar del monstruo peludo.

    Y colorín, colorado, este pelo se ha acabado.

 

 

Como la sal

    Érase un rey que tenía tres hijas muy bellas y muy buenas. Las tres lo querían muchísimo, pero el padre quería saber hasta qué punto lo quería cada una de ellas. Así que decidió llamarlas y pedirles una explicación.

    La hija mayor le dijo que lo quería mucho; tanto como al pan. Entonces el padre, satisfecho, le dijo:

    - Si me quieres como al pan, mi bendición te he de dar.

    La hija mediana también le contestó que lo quería mucho; tanto como al vino. Entonces el padre, satisfecho, le dijo:

    - Si me quieres como al vino, te quedarás conmigo.

    Por último, la más pequeña, que se llamaba Margarita, le dijo que lo quería como a la sal, pero esta respuesta no gustó al padre. El rey le dijo enfadado:

    - Pues si tu cariño es como la sal, ¡márchate de mi hostal!

    Y la echó fuera de casa.

    La joven, muy disgustada, se disfrazó de mendiga con unos harapos y se marchó por esos mundos de Dios. Caminó y caminó durante muchos días y muchas noches. Quería llegar muy lejos, allí donde nadie la reconociera.

    Encontró una casa donde le dijeron que podía encargarse de las ocas a cambio de cama y comida. C ada mañana, cuando salía con las ocas y se iba a la orilla del río, se peinaba con un peine de oro que llevaba bajo los harapos.

    Un día, el hijo del amo no se encontraba bien y su madre le pidió a Margarita que le trajese una infusión de hierbas. El joven la encontró muy bella y, mirando sus manos, pensó que no eran manos de pastora.

    - ¿Quién sois en realidad?, le preguntó el joven.

    Margarita no pudo seguir ocultando su verdadera identidad. Con lágrimas en los ojos, contó a su joven amo todo lo que le había ocurrido. Se gustaron tanto que decidieron casarse e invitar a todos los nobles del país; también al padre y a las hermanas de Margarita.

    Cuando llegó el día de la boda, Margarita pidió cocinar ella misma la comida de su padre. Preparó para él exquisitos manjares; los que sabía que más le gustaban. Pero no les puso ni pizca de sal.

    Después de la celebración le preguntaron al rey por qué no había probado bocado y éste respondió:

    - estaba muy bueno, pero completamente soso. Habría sido excelente si no le hubiera faltado la sal. puedo comer sin pan o sin vino, pero no sin sal.

    Entonces Margarita le recordó que le había echado de casa por decir que lo quería como a la sal. El rey, que hasta entonces no había reconocido a su hija, le pidió humildemente perdón.

    Desde aquel día, padre e hija volvieron a ser felices y comieron perdices, con mucha sal.

 

 

La vieja del bosque

    Érase una vez una hermosa joven que se fue a pasear al bosque y se perdió.

    - ¿Qué puedo hacer?, s e preguntaba. No encontraré una salida y moriré de hambre.

    Al cabo de un rato sintió hambre y apareció una blanca paloma que llevaba una llave de oro en el pico.

    - ¿Ves aquél árbol?, le dijo. Tiene una cerradura. Ábrela y encontrarás leche y pan para dar y tomar. Y así fue.

    Más tarde, la joven sintió sueño y, de nuevo, llegó la paloma con otra llave de oro en el pico.

    - Abre aquel árbol y tendrás una buena cama para dormir, le dijo. 

    Dicho y hecho.

    Al día siguiente, a la hora de vestirse, la paloma volvió.

    - Ahora, le dijo, abre aquel otro árbol con esta llave y encontrarás ropa limpia.

    Y así fue pasando el tiempo hasta que, un día, la paloma le preguntó:

    - ¿Harías algo por mí?

    - Ya lo creo, contestó la joven. 

    - Te llevaré a una pequeña casa, le dijo. Allí encontrarás a una vieja, con la que no has de cruzar ni media palabra, y una mesa llena de joyas. Busca un anillo y tráemelo.

    La joven hizo lo que le pidió la paloma, pero el anillo no estaba en la mesa. Entonces vio como la vieja escondía una jaula. Se la arrebató y, en el pico del animal, la joven encontró lo que buscaba.

    Cogió el anillo y salió deprisa de aquella casa, pensando que la paloma acudiría en su busca, pero no fue así. Desolada se apoyó en el tronco de un árbol. Entonces sintió que el árbol se volvía suave y flexible; sus ramas, convertidas en brazos, la abrazaban dulcemente.

    Asustada, se giró y vio a un joven y apuesto príncipe.

    - Una malvada bruja me había transformado en árbol, le dijo. Cada día me convertía en paloma por unos instantes, pero mientras ella tuviera el anillo duraría el hechizo.

    De golpe, los árboles del bosque cobraron forma humana: eran los sirvientes del príncipe que también habían sido hechizados.

    Cuentan que, desde entonces, nunca más fue un bosque encantado.

 

Cuento de miedo, pero menos

    Había un lugar muy lejano que se llamaba el país de nunca llegarás. Era un lugar misterioso, lleno de montañas cubiertas por una espesa capa de niebla, tan espesa que casi no se veía nada.

      En ese país vivían los monstruos más horribles que jamás hubieras imaginado en un castillo de mentira. Había unos grandes y otros pequeños, rojos y verdes, azules con lengua puntiaguda, amarillos con orejas de soplete, con garras, con pelos... 

    Por la mañana los monstruos salían a pasear soplando y resoplando. Por la tarde se asomaban a las ventanas del castillo, haciendo gestos y muecas. Por la noche, aullaban y gemían. ¡Todos estaban aterrorizados!.

      En ese país vivían un rey y una reina con su hija, la princesa Esmeralda. Ella era muy valiente y no se asustaba de los monstruos, pero no tenía con quien jugar, pues los demás príncipes y princesas del lugar estaban siempre escondidos temblando de miedo.

    Un día que Esmeralda salió a pasear, un monstruo verde con manchas negras, alargó el brazo y la atrapó encerrándola en el castillo de mentira. El rey y la reina se quedaron muy tristes. Nadie en el país se atrevía a salir a buscarla.

      Mucho tiempo después pasó por allí el príncipe Poco Miedo. Llamó a la puerta del palacio del rey y dijo:

    - ¿Dónde está la princesa Esmeralda? quiero ser su amigo.

    - ¡Buaaa!, está encerrada en el castillo de los monstruos- gemían sus padres.

    - No os preocupéis yo la rescataré.

      Cuando se hizo de noche y los monstruos aullaban y gemían, el príncipe Poco Miedo se puso unos tapones en las orejas y se durmió. Al amanecer le despertaron los monstruos  resoplando.

    -¿Qué es esto?. No veo nada con esta niebla, encenderé una hoguera. El fuego iluminó la montaña y los monstruos con la luz se vieron y les dio tanto miedo de ver lo feos que eran que huyeron corriendo. 

    Cuando llegó la tarde se asomaron a las ventanas haciendo gestos y muecas.

    - Vengo a buscar a la princesa Esmeralda. ¡Devolvedla enseguida si no queréis que borre con mi goma gigante vuestro castillo de mentira!. El príncipe enseguida comenzó a borrar y borrar el castillo. 

    Entonces el aire se llenó de gemidos y llantos, oyéndose una tremenda voz que decía:

    - Por favor, no te lleves a la princesa Esmeralda, es la única amiga que tenemos.

      La princesa sorprendida se asomó a la ventana y vio al príncipe.

    - ¡Sube, sube!, le pidió.

      Cuando subió se encontró a la princesa jugando con  monstruos blanditos, con monstruos suaves, con monstruos dulces, con monstruos esponjosos...

    -¿Pero vosotros no sois malos y perversos?, preguntó el príncipe.

    - No, sólo somos feos, por eso cuando salimos a pasear o cuando nos acercamos a las ventanas todos huyen.

- ¿Y por la noche, por qué hacéis esos ruidos tan horribles?

- Tenemos una garganta tan grande que roncamos, contestaron los monstruos.

 - ¿Por qué no te quedas a jugar con nosotros?,  le preguntó Esmeralda.

    A partir de aquel día los monstruos no volvieron a salir de su castillo, pues ya tenían dos amigos con los que jugar.

    Desde entonces el castillo de mentira se convirtió en un palacio para divertirse. ¡Ah...! y por las noches cerraban bien las puertas para que nadie oyera sus ronquidos y se asustara.

 

 

El burrito descontento

    Érase que se era un día de invierno muy crudo. En el campo nevaba copiosamente, y dentro de una casa de labor, en su establo, había un burrito que miraba a través del cristal de la ventana. Junto a él tenía el pesebre cubierto de paja seca. 

    - Paja seca! - se decía el burrito, despreciándola-. Vaya una cosa que me pone mi amo! Ay, cuándo se acabará el invierno y llegará la primavera, para poder comer hierba fresca y jugosa de la que crece por todas partes, en prado y junto al camino!

    Así suspirando el burrito de nuestro cuento, fue llegando la primavera, y con la ansiada estación creció hermosa hierba verde en gran abundancia. El burrito se puso muy contento; pero, sin embargo, le duró muy poco tiempo esta alegría. El campesino segó la hierba y luego la cargó a lomos del burrito y la llevó a casa. Y luego volvió y la cargó nuevamente. Y otra vez. Y otra.

    De manera que al Burrito ya no le agradaba la primavera, a pesar de lo alegre que era y de su hierba verde.

    - ¡Ay, cuándo llegará el verano, para no tener que cargar tanta hierba del prado!

    Vino el verano; mas no por hacer mucho calor mejoró la suerte del animal. Porque su amo le sacaba al campo y le cargaba con mieses y con todos los productos cosechados en sus huertos.    

    El Burrito descontento sudaba la gota gorda, porque tenía que trabajar bajo los ardores del Sol.

    - ¡Ay, qué ganas tengo de que llegue el otoño! Así dejaré de cargar haces de paja, y tampoco tendré que llevar sacos de trigo al molino para que allí hagan harina.

    Así se lamentaba el descontento, y ésta era la única esperanza que le quedaba, porque ni en primavera ni en verano había mejorado su situación.

    Pasó el tiempo... Llegó el otoño. Pero, qué ocurrió? El criado sacaba del establo al burrito cada día y le ponía la albarda.

    - ¡Arre, arre! En la huerta nos están esperando muchos cestos de fruta para llevar a la bodega.

    El burrito iba y venía de casa a la huerta y de la huerta a la casa, y en tanto que caminaba en silencio, reflexionaba que no había mejorado su condición con el cambio de estaciones. Se veía cargado con manzanas, con patatas, con mil suministros para la casa.

    Aquella tarde le habían cargado con un gran acopio de leña, y el animal, caminando hacia la casa, iba razonando a su manera:

    - Si nada me gustó la primavera, menos aún me agradó el verano, y el otoño tampoco me parece cosa buena. ¡Oh, que ganas tengo de que llegue el invierno! Ya sé que entonces no tendré la jugosa hierba que con tanto afán deseaba. Pero, al menos, podré descasar cuanto me apetezca. ¡Bienvenido sea el invierno! Tendré en el pesebre solamente paja seca, pero la comeré con el mayor contento.

    Y cuando por fin llegó el invierno, el burrito fue muy feliz. Vivía descansado en su cómodo establo y, acordándose de las anteriores penalidades, comía con buena gana la paja que le ponían en el pesebre.

    Ya no tenía las ambiciones que entristecieron su vida anterior. Ahora contemplaba desde su caliente establo el caer de los copos de nieve, y el burrito descontento  ya no lo era y fue feliz para el resto de su vida.