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 Cuentos sobre la Primavera 

               El capullito que quería volar                La mariposa
               Gotita de agua                Negrita, la hormiga viajera
               La campanilla azul                El pequeño abeto
               El árbol del ruiseñor                El camaleón y el arco iris

 

 

El capullito que quería volar

    En aquel jardín lleno de lindas flores, Capullito no se sentía contento. ¿Sabéis por qué? Pues muy sencillo: porque quería volar como los pajarillos.

    - ¡Yo quiero volar, mamá! ¡Yo quiero ser un pajarito!

    Y su mamá, que era una rosa muy blanca y que exhalaba un grato perfume, le decía:  - Tú eres una flor y has de conformarte con tu suerte.

    Pero Capullito no estaba contento y aquella misma tarde le dijo a un pajarito:  -¿Qué podría hacer para volar como tú?. El pajarillo respondió:  - Mueve los pétalos como si fueran alas, y a lo mejor echas a volar. ¡Adiós, Capullito! ¡Me voy a tierras lejanas!

    Capullito vio cómo su amigo el pajarito se elevaba hasta perderse en el azul del cielo. Y pensó que su amigo era muy afortunado al poder ir y venir de la tierra al cielo y del cielo a la tierra. Y Capullito se puso a mover los pequeños pétalos como si fuesen alas.

    Naturalmente, no se movió de donde estaba. Su mamá, asustadísima, le regañó:  - ¡Capullito, no hagas eso, que puedes perder tus hermosos pétalos!

    Pero no hizo caso y se pasó un buen rato moviendo los dos pétalos más grandes que tenía. Y tanto los movió que se le cayeron al suelo. Y aunque sintió un profundo dolor, no por eso se asustó. Como todavía le quedaban muchos pétalos, empezó a mover otros dos, pero también éstos se le cayeron al poco rato.

    Su mamá, asustadísima, no hacía más que repetirle:  -¡Capullito, no hagas eso que te quedarás sin pétalos!

    Pero Capullito, dale que te dale, no hacía caso y pretendía echarse a volar. Hasta que perdió todos sus pétalos y se puso muy triste. Entonces su mamá se echó a llorar. Menos mal que en aquel momento llegó doña Mariposa, que era muy amiga de la mamá de Capullito y venía de visita.

    - ¡Ay, doña Mariposa! ¡Mi hijito Capullito ha pretendido echarse a volar y ha perdido todos sus pétalos! ¿Qué podría hacer yo?

    - No te preocupes, que eso tiene arreglo -contestó la mariposa. Y se echó a volar en dirección al bosque cercano, donde conocía un hada muy buena a la que contó lo que había sucedido en el jardín de las flores.

    El hada sonrió y, tomando su varita mágica, se presentó en un  instante en el lugar que le indicó la mariposa.

    - ¿Por qué has hecho eso, Capullito? -Le preguntó el hada buena-. ¿Es que no te gusta ser una flor?

    Capullito se echó a llorar y dijo que estaba arrepentido de lo que había hecho. Entonces el hada buena le tocó con su varita mágica y en un momento le nacieron unos pétalos hermosísimos. Y nunca más pretendió echarse a volar. 

 

 

Gotita de agua

    Este era un pobre campesino cuya única riqueza consistía en un pequeño campo sembrado de maíz. Trabajaba todo el día en él, arrancando la hierba y enderezando las matas. El campesino estaba triste porque, por falta de agua, las matas estaban marchitas y temía que se secaran. Un día, mientras veía el cielo con tristeza, desde una buena nube dos gotas de agua lo miraron y una de ellas le dijo a la otra:

-El campesino está muy triste porque sus matas se mueren de sed. Quiero hacerle algún bien.

-Sí - contestó la otra-, pero piensa que eres sólo una gota y no conseguirás humedecer siquiera una mata de maíz.

-Bien -replicó la primera-, aun cuando soy pequeña haré lo que pueda.

Y al decirlo se desprendió de la nube. Aún no había llegado a la tierra, cuando otra gotita dijo:

-Yo iré también.

-Y yo, y yo - gritaron muchas gotas.

A poco, miles de gotitas caían sobre las matas en ruidoso aguacero. Las matas, agradecidas, se enderezaron enseguida y el campesino obtuvo una cosecha abundante de maíz. Todo porque una pequeña gota de agua se decidió a hacerlo lo que podía.  

 

 

La campanilla azul

    Estaba la campanilla acurrucada en su cama, cerrada con llave de oro la puerta de casita para que no entrara el frío.

    - ¡Tras, tras!

    - ¿Quién es?

    - Soy el agua que te viene a ver.

    - Ay, agua clara, ilusión del campo, escúrrete despacio hasta la puerta de abajo.

    Luego viene un viento helado, que llama fuerte:

    - ¡Tras, tras!

    - ¿Quién es?

    - Soy el viento que viene corriendo.

    - Señor viento, no encuentro la llave y no os puedo abrir: si quisierais venir despacio y gentil...

    - Fiiii...., espérame luego, en abril.

    Luego viene el cielo:

    - ¡Tras, tras!

    - ¿Quién es?

    - Soy el cielo azul que viste de tul.

    - ¡Ay, lindo cielo, préstame tu velo!

    El cielo le dio su azul brillante y la campanilla se vistió tan bonita. Después vino el sol:

    - ¡Tras, tras!

    - ¿Quién es?

    - Soy el sol que tiene calor.

    - Señor sol, te abriré una rendija de mi ventanita.

    Y entró un rayito de sol, despacio, suave, recto. Y acarició el corazón de la campanilla, que se estremeció de gozo y se fue desperezando, abriéndose temprano, al amanecer.

    Desde entonces todos los días llega el viento suave, y el rocío de la mañana, y el cielo y el sol, que juegan al corro con la campanilla azul hasta que ésta se cansa y se esconde en su casita esperando la mañana siguiente.   

 

 

La mariposa

    La mariposa quería casarse. Naturalmente, tendría que ser con una florecita de las más pequeñas. Las miró. Todas estaban calladas y pensativas. Pero había muchas entre las que elegir, así que se fue volando hasta la margarita. La llamaban Margarita la Francesa, y sabían que podía adivinar el futuro; lo hace cuando los enanos le van arrancando los pétalos uno a uno y dicen: me quiere, no me quiere. Cada uno pregunta en su propio idioma. También la mariposa fue allí a preguntar; no le fue quitando los pétalos, sino que los fue besando.

    -¡Querida Margarita! -dijo-. Eres la flor más sabia de entre todas las flores. Sabes adivinar el futuro. Dime: ¿con qué flores me he de casar? Cuando lo sepa iré a hacerle proposiciones.

    Pero Margarita no respondió. La mariposa preguntó una segunda vez y luego una tercera, y como siguió sin recibir una sola palabra de respuesta no se atrevió a seguir preguntando y se fue.

    Era a principios de primavera; había muchísimas campanillas y rosas. "¡Son ustedes preciosas! -dijo la mariposa-. Pero un poco cerradas todavía." Luego fue volando hasta las anémonas; le parecieron un poco ásperas. Las violetas, un poco pequeñas; los tulipanes, demasiado largos; los narcisos, demasiado presumidos; las flores del manzano eran tan bonitas de aspecto como las rosas, pero sólo vivían un día, y caían por la mañana en cuanto soplaba el viento; sería un matrimonio demasiado breve. La flor del guisante era la más agradable, era roja y blanca, era limpia y delicada. Estaba a punto de decirle si quería casarse con ella, cuando vio al lado mismo una vaina de guisantes con la flor marchita en un extremo. "¿Quién es esa?", preguntó. "Es mi hermana", dijo la flor del guisante.

    - Bueno, entonces tú también acabarás por tener ese aspecto -se espantó la mariposa, y se fue volando.

    Pasó la primavera, pasó también el verano y llegó el otoño; la mariposa seguía en las mismas. Y las flores se pusieron sus ropas más bellas, pero de nada servía. Como las flores ya no tenían el mismo aroma que en primavera se fue volando hasta la menta, que era la que más olía.

    - No tiene flores, toda ella es una flor; tiene perfume desde la raíz hasta lo más alto, cada una de sus hojas es perfumada como una flor. ¡Me casaré con ella! Y por fin se lo dijo.

    Pero la menta se quedó silenciosa y dijo por fin:

    -¡Amistad, pero nada más! ¡Yo soy vieja y tú también! Podemos vivir la una para otra, pero casarnos... ¡nunca! No hagamos el tonto con la edad que tenemos.

    De modo que la mariposa no encontró a nadie. Había estado buscando demasiado tiempo y eso no se debe hacer. la mariposa se quedó sin poder casarse con nadie.

    Era ya avanzado el otoño, con lluvias y vendavales; el viento soplaba frío sobre la espalda de los viejos sauces, haciéndolos crujir. El tiempo no estaba como para salir a volar vestida de verano. Pero la mariposa no salía, casualmente había ido a parar dentro de una casa donde había fuego en la chimenea, un calor igual que en el verano. Podía vivir. Pero "¡Vivir no es suficiente! -decía-. Hace falta la luz del sol, la libertad y una florecita."

    Y voló hacia el cristal de la ventana; allí la vieron, la admiraron, la atravesaron con un alfiler y la pusieron en la caja de la colección. Más no podían hacer por ella.

    - ¡Ahora yo también tengo tallo como las flores! -dijo la mariposa-; aunque no es demasiado cómodo.

 

 

Negrita, la hormiga viajera

    Negrita era una hormiga muy trabajadora a la que le gustaba mucho pasear por el campo para buscar su comida, charlar y jugar con sus amigos. Su mejor amigo era Blandín, un gusano de seda que tenía su agujero de gusano muy cerca del hormiguero de Negrita.

    Una mañana, Negrita, la hormiga viajera, se despertó pronto para buscar comida y jugar un rato con Blandín. Su olfato le decía que fuera del hormiguero tenía que hacer un sol espléndido. Había soñado que el día anterior muchos niños habían estado merendando muy cerca de su hormiguero.

    "Habrá miguitas de pan y trocitos de queso. ¡Qué ganas tengo de salir! Hoy podré recoger muchas miguitas".

    Mientras esto pensaba, Negrita daba vueltas y más vueltas por su hormiguero para encontrar la salida, que no era capaz de hallar.

    "¡Ya!" -pensó Negrita-. "Mis ojos estarán llenos de legañas y lo que ocurre es que no veo. Me daré una ducha y me asearé. Así estaré más despejada."

    De nuevo volvió a buscar la salida. Negrita ya no pudo más:

    "No sé que pasa, pero aquí ha ocurrido algo muy grave. ¡Qué miedo!, a lo mejor ya no puedo salir ningún día. Si al menos viniera Blandín, él desde fuera podría encontrar la salida."

    -¡Mamá, mamá! -llamó con voz miedosa-. No puedo salir. ¡Ayúdame!

    Mamá hormiga la cogió de la mano y juntas intentaron buscar la salida. Era imposible, allí no se veía ninguna claridad.

    ¿Será que aún es de noche?

    Pero no. Ya todas las hormigas del hormiguero se habían despertado. De pronto oyeron una voz que venía del exterior. ¿Qué será?

    Pegaron sus oídos al suelo para escuchar y... - ¡Es Blandín, es Blandín! -gritó Negrita que había reconocido la voz de su amigo el gusanito viajero-. ¡Blandiínn, Blandiínn! -volvió a gritar Negrita_. No podemos salir. No encontramos la salida.

    -¡Oh, Negrita! Se me acaban las fuerzas y no puedo quitar esto que tapa la puerta de tu hormiguero. Lo debieron dejar ayer los niños que estuvieron aquí jugando.

    - Blandín, ¿que es esa cosa?

    - Yo no sé como se llama, Negrita, pero si lo muevo un poquito rueda.

    - Pues muévelo.

    - No puedo, hay muchos papeles y no le dejan rodar.

    - ¡Es horrible, Blandín! Me muero de pena por no poder salir.

    Papá y mamá hormiga, mientras tanto, estaban pensando que aquello no podía quedar así.

    - Haremos un tren de hormigas. Empujaremos fuerte y así ayudaremos a Blandín. Entre todos haremos rodar esa cosa que tapa la entrada del hormiguero.

    -¡A la una y a las dos!

    Todas las hormigas y Blandín empujaron al mismo tiempo y el objeto rodó y rodó. Blandín y Negrita se dieron un fuerte abrazo y empezaron a correr y a saltar de alegría. habían conseguido despejar la puerta del hormiguero.

    Pero aquello no era suficiente. El campo no era el mismo del día anterior, parecía un pequeño basurero. Otras hormigas podían estar pasando por la misma situación que Negrita acababa de pasar. Decidieron entre todos recoger todos los desperdicios que aquellos niños no habían tirado a la basura.

    - Negrita -dijo Blandín-, estoy muy cansado. este trabajo que acabamos de hacer no es para nosotros. Si ocurre otro día moriré de esfuerzo. Deberíamos hacer algo para que esto no vuelva a suceder.

    - A mí no se me ocurre nada -dijo Negrita-. ¡Oye, Blandín!, tu abuelo es muy sabio, él puede encontrar la solución.

    El abuelo de Blandín pensó que entre todos podrían hacer un letrero con letras gigantes en el que pusiera:

Nuestra vida es importante.

No tapéis nuestro hormiguero

y... Usad los basureros.

    Ahora sí que Blandín y Negrita podrían hacer tranquilamente el viaje del día. Irían lejos hasta que el sol dejara de dar calor. Entonces volverían a sus casas sin miedo de encontrar su puerta tapada.

 

 

El pequeño abeto

 

    Érase una vez un pequeño abeto. Solo, en el bosque, en medio de los demás árboles cubiertos de hojas, él sólo tenía agujas, nada más que agujas. ¡Cómo se quejaba!

    - Todos mis amigos tienen hermosas hojas, hermosas hojas verdes. ¡Yo, sólo tengo espinas! Quisiera tener todas las hojas de oro.

    A la mañana siguiente, cuando se despertó, quedó deslumbrado...  -¿Dónde están mis espinas? ¡Ya no las tengo! ¡Me han dado las hojas de oro que había pedido! ¡Qué contento estoy!

    Y todos sus vecinos que le estaban mirando dijeron:  -¡El pequeño abeto es todo de oro!

    Pero he aquí que un hombre, un malvado ladrón, llegó al bosque y les oyó. Pensó: -¡Un abeto de oro! ¡Qué gran negocio!

    Pero como tenía miedo de ser visto, volvió por la noche con un gran saco. Cogió todas las hojas sin dejar una.

    A la mañana siguiente, al verse completamente desnudo, el pobre abeto se puso a llorar.  -Ya no quiero más oro. Cuando vienen los ladrones te roban todo y ya no te queda nada. ¡Quisiera tener las hojas de cristal! ¡El cristal también brilla!

    A la mañana siguiente, cuando despertó, tenía las hojas que había pedido. Se puso muy contento y dijo: - En lugar de hojas de oro, tengo hojas de cristal; ahora estoy tranquilo porque no me las robará nadie.

    Y todos sus vecinos que le miraban, dijeron a la vez: -¡El pequeño abeto es todo de cristal!

    Pero, cuando vino la noche, la tempestad sopló fuerte. El pequeño abeto suplicó en vano, el viento le sacudió y no quedó ni una sola de sus hojas.

    A la mañana siguiente, al ver el destrozo, el pobre abeto se puso a llorar: -¡Que desgraciado soy! Otra vez estoy desnudo. Han robado mis hojas de oro y han roto mis hojas de cristal. Quisiera tener como mis amigos, hermosas hojas verdes.

    Al día siguiente, cuando se despertó, vio que había obtenido lo que deseaba. Y todos sus vecinos, que le miraban, se pusieron a decir: -¡El pequeño abeto ya es como nosotros!

    Pero, durante el día, la cabra salió a pasear con sus cabritillos. Cuando vio al pequeño abeto, dijo: -¡Venid, niñitos míos!, ¡venid, hijos míos! Saboread esta comida y no dejéis nada.

    Los cabritillos se acercaron saltando y lo comieron todo en menos de un instante. Cuando llegó la noche, el pequeño abeto, completamente desnudo y tiritando, se puso a llorar como un niño.

    - Se lo han comido todo -dijo en voz baja-. Ya no me queda nada. He perdido mis hojas, mis hermosas hojas verdes, como mis hojas de cristal y mis hojas de oro. ¡Me contentaría con que me devolvieran mis agujas!

    A la mañana siguiente, cuando despertó, se encontró sus antiguas agujas y no supo qué decir. ¡Qué feliz es ahora! Y sus vecinos que le oyeron reír, dicen mirándole:

    -¡El pequeño abeto está como antes!

 

El árbol del ruiseñor

    Hubo una vez un lindo ruiseñor que hacía su nido en la copa de un gran roble. Todos los días el bosque despertaba con sus maravillosos trinos. La vida volvía a nacer entre sus ramas. Las hojas crecían y crecían. También lo hacían los polluelos del pequeño pajarito. Su nido estaba hecho de ramitas y hojas secas.

    Algunas ardillas curiosas se acercaban para ver como los polluelos picoteaban el cascarón hasta dejar un hueco en el que poder estirar su cuello. Empujaban con fuerza y lograban salir hacia fuera. Sus plumitas estaban húmedas. En unas cuantas horas se habrían secado y los nuevos polluelos se sorprenderían de lo que les rodeaba.

    El árbol estaba orgulloso de ellos. Él también era envidiado por los demás árboles, no sólo por tener al ruiseñor, sino por la belleza de su tronco y sus hojas. Era grandioso verlo en primavera.

    Al llegar el otoño, las hojitas de los árboles volaban hacia el suelo. Con gran tristeza caían, pero el viento las mimaba y las dejaba caer con suavidad. Al pasar el tiempo éstas serían el abono para las nuevas plantas.

    Al ruiseñor le gustaba jugar entre sombra y sombra. Revoloteaba haciendo piruetas, buscando la luz y cuando un rayo de sol iluminaba sus plumas, unas lindas notas musicales acompañaban su alegría y la de sus polluelos.

    Un día un hongo fue a vivir con él. Ya lo conocía de antes se llamaba Dedi, bueno, tenía un nombre muy raro, pero ellos le llamaban así. El roble comenzó a sentirse enfermito, tenía muchos picores y su piel se arrugaba. De vez en cuando le corría un cosquilleo por el tronco. Estaba un poco descolorido, ni siquiera tenía ganas de que los ciempiés jugaran alrededor de sus raíces.

    El hongo estaba celoso del árbol y de su amistad con el ruiseñor. Pensó que si le enfermaba, el ruiseñor le haría más caso a él, envidioso de su amor no le importó hacerle sufrir.

    Pero los demás animales convencieron al hongo para que abandonara al árbol. Así conseguiría, ser su amigo pero nunca por la fuerza.

    A partir de aquel día siempre se juntaban para ver amanecer. El hongo aprendió una gran lección, su poder y su fuerza debía utilizarlas, para algo bueno, para crear, no para destruir.

 

 

El camaleón y el arco iris

    Un camaleón orgulloso, que se burlaba de los demás por no cambiar de color como él. Pasaba el día diciendo: ¡Que bello soy!. ¡No hay ningún animal que vista tan señorial!.

    Todos admiraban sus colores, pero no su mal humor y su vanidad. Un día, paseaba por el campo, cuando de repente, comenzó a llover. La lluvia, dio paso al sol y éste a su vez al arco iris.

    El camaleón alzó la vista y se quedó sorprendido al verlo, pero envidioso dijo: ¡No es tan bello como yo!.

    - ¿No sabes admirar la belleza del arco iris? -dijo un pequeño pajarillo que estaba en la rama de un árbol cercano. Si no sabes valorarlo, continuó, es difícil que conozcas las verdades que te enseña la naturaleza. Si quieres, yo puedo ayudarte a conocer algunas.

    - ¡Está bien! -dijo el camaleón.

    - Los colores del arco iris te enseñan a vivir, te muestran los sentimientos.

    El camaleón le contestó: ¡Mis colores sirven para camuflarme del peligro, no necesito sentimientos para sobrevivir!

    El pajarillo le dijo: ¡Si no tratas de descubrirlos, nunca sabrás lo que puedes sentir a través de ellos!. Además puedes compartirlos con los demás como hace el arco iris con su belleza.

    Entonces el pajarillo y el camaleón se tumbaron en el prado. Los colores del arco iris se posaron sobre los dos, haciéndoles cosquillas en sus cuerpecitos.

    El primero en acercarse fue el color rojo, subió por sus pies y de repente estaban rodeados de manzanos, de rosas rojas y anocheceres. 

    El color rojo desapareció y en su lugar llegó el amarillo revoloteando por encima de sus cabezas. Estaban sonrientes, alegres, bailaban y olían el aroma de los claveles y las orquídeas. El amarillo dio paso al verde que se metió dentro de sus pensamientos.

    El camaleón empezó a pensar en su futuro, sus ilusiones, sus sueños y recordaba los amigos perdidos.

    Al verde siguió el azul oscuro, el camaleón sintió dentro la profundidad del mar, peces, delfines y corales le rodeaban. Daban vueltas y vueltas y los pececillos jugaban con ellos. Salieron a la superficie y contemplaron las estrellas. Había un baile en el cielo y las estrellas se habían puesto sus mejores galas. El camaleón estaba entusiasmado.

    La fiesta terminó y apareció el color azul claro. Comenzaron a sentir una agradable sensación de paz y bienestar. Flotaban entre nubes y miraban el cielo. Una nube dejó caer sus gotas de lluvia y se mojaron, pero estaban contentos de sentir el frescor del agua. Se miraron a los ojos y sonrieron.

    El color naranja se había colocado justo delante de ellos. Por primera vez, el camaleón sentía que compartía algo y comprendió la amistad que le ofrecía el pajarillo. Todo se iluminó de color naranja. Aparecieron árboles frutales y una gran alfombra de flores.

    Cuando estaban más relajados, apareció el color añil, y de los ojos del camaleón cayeron unas lagrimitas. Estaba arrepentido de haber sido tan orgulloso y de no valorar aquello que era realmente hermoso. Pidió perdón al pajarillo y a los demás animales y desde aquel día se volvió mas humilde.