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 Cuentos sobre el Otoño  

               Eolito                La golondrina solitaria
               Ha llegado el otoño                Los ratones tragones
               La familia de setas

 

 

Eolito

    Eolito era el hijo travieso de un mago. Un día jugando con las cosas de su padre, encontró la caja de los vientos. Recordó las palabras mágicas "Abracadabra, pata de cabra, caja quiero que te abras, tontiloqui, carrasclascas". Nada más acabar de decirlo, salieron todas las brisas, vientos, huracanes, etc.; resoplaban, golpeaban, buscaban las rendijas y poco a poco todos iban consiguiendo escapar de la habitación dejando tras de sí una larga cola de polvo. El niño los quería coger pero ninguno se dejaba, al final cogió a uno pequeño, azul y que cojeaba. Era el viento del reuma, después de revolverse, intentar escapar y llamarle abusón se ofreció a ayudarle  a cambio de que también a el le dejará dar una vueltecita. Le explicó como tenía que irlos capturando. Tenían que salir a la calle con la caja e irlos buscando, luego sabiendo el nombre era sencillo, sólo tenían que decir la fórmula y el viento se veía obligado a meterse de nuevo en la caja. Al primero que vieron fue a Levante y el niño dijo:-¡Levante, Levanteras a la caja o te enteras!. Levante no tuvo más remedio que irse a la caja. Así fueron cogiendo a Poniente Ponienteras, Norte Norteras, Sur Sureras y a todos los demás. A muchos los cogieron poniendo una hoja de papel en el suelo y cuando el viento iba corriendo a moverla de un lado a otro, a los vientos les encanta jugar a eso, le atrapaban. Al final consiguieron capturarlos a todos y el pillo cojuelo se fue a soplar por el mundo durante unos días.

                                                       

 

Ha llegado el otoño

    ¡Qué desayuno tan rico habían preparado papá y mamá aquella mañana! En la mesa de la cocina había un plato de tostadas y grandes vasos de leche.

    Todos los días Dani y Dina tomaban un buen desayuno. Mamá decía que es muy importante desayunar bien para estar fuerte durante la mañana y la seño también se lo decía, así que tenía que ser verdad.

    Cuando Dani terminó su vaso de leche sintió un ruidito en los cristales de la ventana.

    -¿qué suena? -Preguntó a Dina.

    - No sé, vamos a ver

    Se asomaron a la ventana y ¿sabéis lo que era? En el cielo las nubes tapaban el sol y llovía. Además el viento soplaba fuerte.

    -¡Qué bien! Mamá nos dirá que nos pongamos las botas de agua.

    Así fue. Mamá entró en la cocina y les dijo que se pusieran las botas que habían comprado en la zapatería. Las de Dani eran de color amarillo, del mismo color que tenían las hojas de algunos árboles.

    Se pusieron también el impermeable y con el paraguas de Dina, que era grande, se taparon los dos y se fueron al cole. Todos los niños llevaban botas aquel día, unos de color rojo, otros de color amarillo... y todos estaban contentísimos porque pisaban los charcos y no se mojaban los pies.

    Como todos los días al llegar al cole, Dani se colocó bajo el árbol de Coco, el pajarillo, esperando que su amigo bajara a tomarse el trocito de pan que siempre le traía. Coco era amigo de todos los niños de la clase y cuando salían al recreo revoloteaba alrededor de ellos. Otras veces volaba hasta la ventana de la clase y miraba cómo los niños hacían sus trabajos.

    Pero aquella mañana Coco no aparecía. En el suelo del recreo había muchas hojas de color amarillo y el viento, que soplaba fuerte, estaba dejando peladas las ramas del árbol de Coco. Pero... ¡dónde estaría Coco? No había ni rastro de él. Lo buscaron por otros árboles pero tampoco estaba. Entonces la seño, que lo sabe todo, les explicó lo que ocurría.

    Cuando las hojas de los árboles se ponen de color amarillo, el viento sopla fuerte y llueve, es que ha llegado el otoño. Como los árboles se quedan sin hojas, los pajarillos no pueden vivir en ellos y se marchan a otros lugares en los que el viento no sopla.

    Pero no había que preocuparse porque Coco volvería. Cuando los árboles tuvieran hojas otra vez vendría de nuevo al jardín del cole. Sólo había que esperar. además la seño les prometió que ella traería a la clase un animal para que todos los niños lo cuidaran y fueran sus amigos. ¿Qué animal os gustaría tener a vosotros en vuestra clase?

 

 

La golondrina solitaria

    Érase una golondrina que perdió su nido porque derribaron la casa donde lo tenía. Volando, volando llegó a un sitio maravilloso, una ermita abandonada en medio de un bosque, junto a una laguna. Allí con barro y ramas hizo su nido nuevo. Tenía mucha comida, el sitio era bonito y se hizo amiga de una ardilla muy simpática y juguetona.

    Charlaban de todo y la golondrina le confesó a su amiga que tenía miedo de no saber cuando tenía que irse ya que siempre había seguido a sus compañeras y ahora estaba sola. La ardilla le dijo que no se preocupase que ella le avisaría.

    Cuando el tiempo empezó a refrescar, las hojas amarillearon, las uvas estaban maduras, etc. La ardilla subió a un pino que estaba muy cerca del nido de su amiga y le dijo que su amigo el lagarto había hecho más profundo su agujero, que cada vez había menos ranas en la charca y que ella pensaba que había llegado el momento de que la golondrina se marchara.

    La golondrina le dio las gracias, se despidió de ella con mucha pena y le prometió volver al año siguiente. Después se fue al pueblo y se juntó con sus compañeras que se estaban reuniendo para irse en los cables del teléfono, al rato una arrancó y todas la siguieron para buscar un sitio más cálido para pasar el invierno.                                                   

 

 

Los ratones tragones

    Desde hacía varios días en casa de Carmen estaban ocurriendo cosas muy extrañas. Como era otoño, mamá había comprado frutos secos: almendras, nueces, avellanas, piñones, castañas... También había comprado granadas. Entre todos las pelaban, sacaban los granitos y, sin ningún trocito de piel, los iban poniendo en una fuente. Cuando la fuente estaba llena, entre todos los comían con una cuchara. La granada así estaba buenísima, debéis probarla.

    Aquella tarde había pelado varias granadas y la fuente estaba llena, llena de granitos.

    -¡Esta noche nos vamos a poner las botas! -dijo Carmen.

    - Sí, pero eso será después de cenar -dijo la mamá-. Así que no metas la mano, que te estoy viendo.

    Pero aquella noche papá trajo un enorme racimo de uvas. Eran grandes y de un precioso color amarillo. Parecían decir ¡cómeme! y eso hicieron Carmen y su familia, comérselas. Así que dejaron las granadas para el día siguiente.

    Por la mañana, cuando mamá entró en la cocina se llevó un susto morrocotudo. ¡En la fuente no quedaba ni un solo granito de granada! La fuente que habían dejado llena sobre la mesa, estaba vacía.

    Mamá llamó a Carmen y a su hermano y les preguntó que por qué se habían comido las granadas por la noche.

    -Nosotros no hemos sido, hemos estado durmiendo toda la noche, mamá -dijeron los niños.

    Mamá los creyó porque sabía que ellos nunca decían mentiras. Entonces... ¿quién se las habría comido? ¡Qué extraño!, ¿no?

    Pero no sólo fue esa cosa extraña la que ocurrió en casa de Carmen. En las noches siguientes continuaron ocurriendo cosas: faltaban avellanas, almendras, nueces... y en su lugar aparecían las cáscaras; el queso cada vez estaba más pequeño, había menos terrones de azúcar en el bote, una mañana el tarro de mermelada estaba volcado y casi vacío...

    - Esto hay que resolverlo -dijo la mamá-. Así no podemos seguir.

    Así que aquella noche la familia de Carmen decidió no dormir a ver si podían descubrir al ladrón misterioso que se comía las cosas. Al llegar la medianoche sintieron unos ruidos que venían de la cocina. La mamá de Carmen, sin hacer ruido, descalza, se asomó por la rajita de la puerta y vio a tres ratoncillos comiendo con una rapidez increíble; tanto que en un segundo se comieron varias nueces, un trozo de queso y algunas almendras, e inmediatamente se dieron a la fuga por un agujerillo, que casi no se veía, detrás de la lavadora.

    Toda la familia se puso a pensar, buscando una idea para escarmentar a estos ratones comilones y, entre todas, escogieron una.

    Al día siguiente llenaron la cocina de muchísimas golosinas, frutos secos y trocitos de queso, tanto había que parecía que quisieran dar una fiesta a los ratones. Y así fue.

    Los ratones al llegar la medianoche volvieron a entrar por el agujero y no se lo podían creer: ¡había un montón de cosas para comer! Empezaron comiendo con rapidez y siguieron, y siguieron... Por fin el jefe del grupo, que era el ratón mayor, hizo una señal para marcharse y a regañadientes todos le siguieron hasta el agujero.

    Pero... ¡ay!, aquí vino la sorpresa, tanto habían comido que sus barriguitas estaban gordas, a punto de explotar, tan gordas que por el agujero no podía pasar ni uno.

    En esto se encendió la luz y toda la familia apareció delante de la puerta, asombrada de ver a unos ratones tan gordos y redondillos que parecían baloncillos. No podían ni correr. Los cogieron por el rabillo y a la calle los sacaron, advirtiéndoles que si volvían por allí llamarían al gato vagabundo para que se los comiera de cena.

    Taparon el agujero de la cocina y desde entonces no ha faltado queso ni golosinas en la casa.

 

 

La familia de setas

    Debajo de un pino vivía una familia de setas. Un día el hijo seta le dijo a su padre:

    - Papá, me aburro, quiero ir a dar una vuelta por el bosque.

    - Hijo mío, contestó el padre seta, eso no puede ser porque nosotros crecemos en la tierra y no nos podemos mover.

    - ¡Pues yo me quiero ir a pasear!, dijo enfadado el hijo seta.

    En aquel momento pasaba un hombre con un cesto lleno de setas y el hijo seta gritó:

    - ¡Papá!, aquel hombre lleva un cesto lleno de setas y las saca a pasear. Yo también quiero que me coja.

    - ¡Qué dices! Si este hombre te coge, te comerá con ajo y perejil. ¡Todo el mundo quieto!, quizá así no nos descubra.

    Y el hombre pasó de largo sin ver a la familia de setas. Al hijo seta le entró tanto miedo que nunca más se quiso mover del suelo.

    Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.