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 Cuentos sobre el invierno 

 

               La jirafa sin bufanda                El pájaro herido y el buen pino
               El invierno                El oso de nieve
               Osita y Osín                

 

 

Cuento de la jirafa sin bufanda

- Mi señor don Búho,

estoy preocupada.

- Dígame sus cuitas

mi doña jirafa.

- Se acerca el invierno,

vendrán las heladas

y mi jirafita

no tiene bufanda.

- Cómprele usted una.

- ¿Y dónde encontrarla?

¿No ve que mi hijita

es tan cuellilarga...?

Por más que he buscado,

ninguna le alcanza...

- Sí que es un problema...

- Me tiene apurada.

¡Es usted un sabio!

Si usted me ayudara...

- Déjeme que piense.

- Ea, ya lo tengo:

Hay que fabricarla.

- ¿Cómo, cuándo, dónde?

Y, ¿habrá quien lo haga?

- Calma, amiga mía,

un poco de calma...

todo va a arreglarse,

tenga usted esperanza.

Y las cosas fueron

como se esperaba:

la amistosa oveja

entregó su lana,

luego hiló el gusano

y tejió la araña.

Cuando invierno puso

nieve en las montañas

y en cristales fríos

convirtió las charcas,

Jirafita chica

va muy de mañana

para su colegio

anda que te anda...

Va contenta: lleva

toda la garganta

bien abrigadita

con una bufanda

linda, blanca, suave,

larga, larga, larga...

 

 

 

El pájaro herido y el buen pino

    Una vez, hace ya mucho tiempo, hacía mucho frío; el invierno estaba cerca. Todos los pájaros emigrantes se habían marchado hacia el sur para quedarse allí hasta la primavera. Pero quedaba un pajarito que tenía un ala rota y no podía volar. No sabía qué hacer. Miró a su alrededor para ver si encontraba un lugar donde abrigarse. Y vio los hermosos árboles del enorme bosque.

    - Quizá los árboles me cobijarán durante el invierno - pensó.

     Y aleteando lo mejor que pudo llegó al lindero del bosque. El primer árbol que encontró fue el álamo blanco de hojas plateadas.

    -Álamo precioso- dijo el pobre pajarito-.¿Me dejas vivir en tus ramas hasta que llegue el buen tiempo?

    -¡Ah, ah! -dijo el álamo-. ¡Vaya una idea! Bastante trabajo tengo con vigilar mis propias ramas. ¡Fuera de aquí!

    El pobre pájaro, aleteando lo mejor que pudo, con su ala rota, llegó al árbol siguiente. Era un roble grande y frondoso.

    -Roble, buen roble -dijo el pobre pajarito-, ¿me dejas vivir en tus ramas hasta que llegue el buen tiempo?

    -¡Vaya una pregunta! -dijo el roble-. Si te dejo vivir en mis ramas picotearás todas mis bellotas. ¡Fuera de aquí!

    El pobre pajarito, aleteando lo mejor que pudo, con su ala rota, llegó a un gran sauce, que crecía a orillas del río.

    - Precioso sauce -dijo el pobre pajarito-, ¿me dejas vivir en tus ramas hasta que llegue el buen tiempo?

    - No, de ninguna manera -dijo el sauce-. Yo no cobijo jamás a los desconocidos. ¡Fuera de aquí!

    El pobre pájaro ya no sabía a quién dirigirse, pero continuó aleteando lo mejor que pudo, con su ala rota.

    Muy pronto lo vio el abeto y le dijo:

    -¿Dónde vas, pajarito?

    - No lo sé, -respondió-, los árboles no quieren cobijarme y yo no puedo volar lejos con mi ala rota.

    - ven a mis ramas -dijo el gran abeto-. Puedes escoger la que más te guste; mira, me parece que en este lado se está más caliente.

    -Muchas gracias -dijo el pajarito-, ¿pero podré quedarme todo el invierno?

    -¡Claro! -dijo el abeto-. Así me harás compañía.

    El pino estaba muy cerca de su primo el abeto y, cuando vio al pajarito que brincaba y revoloteaba sobre las ramas del abeto, le dijo:

    - Mis ramas no son muy frondosas, pero puedo proteger del viento al abeto, porque soy grande y fuerte.

    De esta manera el pajarito se arregló un lugar abrigado, en la rama más grande del abeto y el pino lo protegía del viento.

    Cuando el enebro se enteró, dijo que daría comida al pajarito durante todo el invierno. Sus ramas estaban cubiertas de hermosas bayas negras, y las bayas de enebro son un gran alimento para los pájaros.

    Aquella noche el viento del norte pasó por el bosque. Sopló sobre los árboles con su aliento helado y hoja que tocaba, hoja que caía. Quería tocar todas las hojas, porque al viento norte le gusta ver los árboles desnudos.

    -¿Puedo jugar con todos los árboles? -preguntó el viento a su padre el Rey de la Escarcha.

    - No, -dijo el Rey-, los árboles que han sido buenos con el pajarito, pueden conservar sus hojas.

    Y el viento del norte los dejó en paz, y el pino, el abeto y el enebro conservaron sus hojas todo el invierno hasta que brotaron las nuevas. Y desde entonces siempre ha sido así.

 

 

El invierno

    Una mañana de invierno, María fue corriendo a casa de su amigo Pirulo.

    - ¡Sal pronto! ¡Está todo lleno de nieve!

    Pero Pirulo no quería levantarse de la cama.

    - Hace mucho frío en la calle y aquí se está muy calentito -le dijo.

    - ¡Arriba! ¡Hay nieve y tenemos que jugar! Levántate deprisa y ponte el abrigo, los guantes y la bufanda. Te espero en la calle con una sorpresa.

    Pirulo quería saber cuál era la sorpresa y se vistió con rapidez. Cuando salió a la calle vio que, efectivamente, todo estaba lleno de nieve. Su amiga María tenía algo en las manos. Era... ¡un trineo!

    - ¡Qué divertido! -exclamó Pirulo-. ¡Vamos a montarnos!

    - Primero tenemos que buscar una cuesta para deslizarnos -le advirtió María.

    Cuando la encontraron, a Pirulo le dio un poco de miedo.

    - No te preocupes -lo tranquilizó María-, voy a ir contigo en el trineo. Tú te sientas delante y yo detrás.

    El trineo comenzó a deslizarse por la cuesta.

    - ¡Allá vamooos!

    Pasaron un bache y María se cayó al suelo, pero Pirulo no se dio cuenta.

    - ¡Qué bien vamos juntos! ¡Menos mal que estás conmigo en el trineo! Si no estuvieras, me daría mucho miedo -decía Pirulo.

    De repente, el trineo chocó con una piedra y Pirulo se cayó.

    - ¡María! ¿Dónde estás? -gritó.

    Estoy aquí. He visto que lo has hecho muy bien tú solito -María que venía caminando se reía.

    - No te rías. ¡Menudo susto! Me duele todo el cuerpo.

    - ¿qué te parece si jugamos con la nieve sin hacernos daño?

    Tengo una idea mejor. ¡Ven conmigo! -le dijo.

    - Pero, ¿dónde?

    - Tú sígueme.

    Llegaron a casa de Pirulo y éste se fue a la cocina. Cogió una zanahoria y dos botones de la caja de costura de su madre. María no entendía nada. Salieron a la calle y Pirulo comenzó a hacer un montón con la nieve.

    - ¡Ayúdame! -le pidió a María.

    - Pero, ¿qué tengo que hacer?

    - Vamos a hacer un muñeco de nieve -dijo Pirulo sonriendo.

    - ¡Vale!

    Cuando terminaron el muñeco, Pirulo le puso los botones en la cara como si fueran ojos y la zanahoria, imitando una nariz. ¡Estaba muy gracioso!

    - ¿Me dejas tu bufanda? -le preguntó a María.

    - Claro, tómala.

    Pirulo se la puso al muñeco para que pareciese un señor de verdad.

    - Ahora tenemos que ponerle un nombre -dijo María.

    - Se llamará... don Pompón -respondió Pirulo.

    Y siguieron jugando con la nieve.

 

 

El oso de nieve

    Rosa y Jaime eran dos hermanos que vivían cerca de un pueblecito de montaña donde las casas se construían con piedra y los tejados eran muy inclinados para que la abundante nieve que caía en invierno pudiera resbalar mejor por ellos; de lo contrario, corrían el riesgo de hundirse.

    Una mañana de invierno, cuando se asomaron por la ventana, se dieron cuenta de que, durante la noche, había caído una gran nevada: la primera del invierno. Todo el paisaje era una enorme sábana blanca que cubría árboles, montes y caminos. Ese día no podrían ir al colegio, pero a cambio pasarían un día muy divertido jugando con la nieve.

    Se equiparon bien con gorros, bufandas, guantes, botas... y decidieron hacer un gran muñeco de nieve junto a su casa. Comenzaron a darle forma redonda a un montón de nieve. A mediad que ésta caía, se iba agrandando cada vez más, hasta convertirse en una enorme bola que les serviría para realizar el cuerpo de su muñeco. Después formaron otra bola, más pequeña, para la cabeza.

    - Oye, Rosa -dijo Jaime-, ¿qué te parece si hacemos el cuerpo de un oso?

    - ¡Sí! -contestó Rosa-. Un oso como los que viven en nuestras montañas.

    Los dos hermanos comenzaron el complicado trabajo de dar forma de oso al montón de nieve acumulado. Con mucha paciencia fueron moldeando la cabeza, el hocico, las orejas; luego continuaron con el cuerpo, las patas... y hasta las fieras garras que tienen los osos.

    - Nos ha quedado muy bien, casi parece de verdad -exclamó Jaime.

    - Es cierto; podría ser perfectamente el papá de mi osito de peluche -afirmó Rosa con orgullo.

    Cuando, al anochecer, los dos niños se acostaron, estaban muy cansados, pues habían pasado todo el día jugando con la nieve y deslizándose por toboganes de hielo.

    Jaime quiso dar las buenas noches a su oso de nieve. Se acercó a la ventana y, de repente, se quedó boquiabierto: el oso blanco parecía levantar sus patas y mover su gran hocico. Jaime avisó a su hermana, se colocaron los abrigos encima del pijama y salieron de la casa.

    Antes de llegar frente al muñeco de nieve, se detuvieron. Efectivamente, el oso tomaba vida y se movía. Los dos hermanos comenzaron a temblar, agarrándose fuertemente uno al otro.

    - No temáis, niños, podéis acercaros, no os haré ningún daño -dijo con voz grave, el oso de nieve.

    - ¿Crees que nos llama a nosotros, Jaime? -preguntó Rosa con temor.

    - ¿A quién si no? -afirmó Jaime, con no menos miedo.

    Ante las insistencias del oso blanco, los hermanos se fueron acercando, paso a paso, hasta la extraña figura. A medida que avanzaban se dieron cuenta de que el oso no tenía expresión de fiereza ni parecía dispuesto a comérselos, sino que, más bien, presentaba un gesto dulce que los fue tranquilizando.

    - ¿Y cómo ha llegado hasta aquí, señor oso? -preguntó tímidamente Rosa.

    - Vosotros me habéis formado con vuestras manos cariñosas; pero me iré pronto. En el invierno, los osos debemos refugiarnos en cuevas hasta la llegada de la primavera -dijo amablemente el oso.

    Los niños y el oso hablaron mucho rato sobre las vidas de cada uno. Poco a poco, los dos hermanos comenzaron a sentir frío y sueño.

    - Bueno, amigo oso, debemos irnos a dormir, pues es muy tarde y, si nos descubren nuestros padres, nos regañarán -dijo Jaime.

    Hasta mañana, papá oso -se despidió Rosa con mucha ternura.

    - Adiós, queridos niños. Me lo he pasado muy bien charlando con vosotros... y gracias por haberme creado -contestó, finalmente, el oso agradecido.

    A la mañana siguiente, Rosa y Jaime se despertaron muy temprano como siempre. Se levantaron de un salto y se dirigieron a la ventana. Había amanecido un día claro y soleado. Miraron hacia donde debía estar su oso de nieve y comprobaron, con sorpresa, que allí sólo quedaba un montoncillo de nieve.

    - ¿Y el oso blanco viviente? -preguntó Rosa con extrañeza.

    - No sé. Quizá se haya ido a la cueva de la que nos habló -insinuó Jaime.

    - Sí, allí estará; protegiéndose del duro invierno. En primavera lo volveremos a ver -dijo Rosa con seguridad, mientras sonreía a su hermano.

 

 

Osita y Osín

    Érase una vez dos ositos muy traviesos y juguetones. Les gustaba corretear por el bosque mientras sus papás osos iban a buscar alimentos.

    El invierno había anunciado su llegada y había que preparar la comida y abrigo para recibir el frío. Como todas las mañanas, Osita y Osín salieron a jugar al bosque. Los árboles estaban sin hojas y una capa blanca cubría sus ramas. Los pájaros piaban y revoloteaban asustados, buscando donde poder construir sus nidos.

    - ¡Qué frío!, dijo Osín.

    - ¡Mira qué bonitos están los árboles!, dijo Osita.

    Una voz les contestó:

    - Soy la señora nieve, voy a ser vuestra amiga gran parte del invierno.

    Su amigo sol había subido muy alto, tan alto que casi no se le veía, cubierto por las nubes.

    Los ositos gritaban:

    - ¡Amigo sol!, ven a jugar con nosotros, manda tus rayos y caliéntanos un poco, hoy hace frío.

    También el sol se había enfriado. Llevaba una bufanda larga, tan larga que parecía un tobogán y por él hacía bajar los rayos a la tierra. Los ositos notaban cómo sus patitas se quedaban tiesas de frío y sus ojos y narices empezaban a humedecerse. 

    Osín temblaba de frío, estaba asustado porque le sucedía una cosa muy rara que hasta entonces no había notado: ¡atchís, atchís!

    Osita le miraba muy asustada mientras le decía:

    - Vamos a casa a decirle a mamá lo que sucede.

    Cuando regresaban a casa no encontraron a nadie por el camino. Sus amigos, los animales, estaban calentitos en sus cuevas. De pronto oyeron unos pasos y un gran señor con bufanda, gorro y abrigo largo, se detuvo ante ellos.

    - Buenos días ositos. Soy el señor invierno. Deberíais estar en vuestra casa, podríais enfriaros.

    Los papás osos estaban esperando a los ositos. Su cueva estaba calentita y habían preparado abundante comida para pasar el invierno. Mamá osa había hecho unos preciosos gorros para sus pequeños.

    Pasado el frío, nuestros amiguitos saldrán otra vez a jugar al bosque, los árboles estarán llenos de hojas, los pájaros regresarán de su largo viaje.

    Por una ventana de su cueva los ositos ven caer la nieve que pronto cubrirá el tejado de la cueva. Pasado el tiempo, el sol mandará sus fuertes rayos haciendo desaparecer la nieve y nuestros amigos podrán salir a jugar. Habrá llegado la primavera.