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 Cuentos sobre el cuerpo  

               Así consiguió la trompa el elefante                Juani, la bolsa de plástico
               Atchú                La regadera con piernas
               El búho Gafitas                Las camisas voladoras
               Garbancito                Mis cinco deditos
               El hermano de Juan el Sucio                Pilocha
               El hombre de la cara seria

 

 

Así consiguió la trompa el elefante

    Hace muchísimos años, cuando el mundo estaba recién estrenado, los elefantes no tenían trompa. En una manada había un elefantito que tenía fama de curioso y preguntón. Y además sus preguntas eran siempre bastante raras. Un día sintió curiosidad por conocer qué comía el cocodrilo al amanecer y a todos preguntaba:

    - Amigo hipopótamo, ¿sabes tú lo que come el cocodrilo al amanecer?

    - No me llevo bien con el cocodrilo -contestó el hipopótamo- y desconozco su menú.

    - Amiga cigüeña, tú que recorres tantos lugares, ¿sabes qué come el cocodrilo al amanecer?

    -Procuro no acercarme al cocodrilo -contestó la cigüeña- así que no puedo informarte de sus gustos alimenticios.

    Pero el elefantito preguntón no se daba por vencido y seguía insistiendo:

    - Amiga sardina, ¿sabes qué come el cocodrilo al amanecer?

    - ¿Cocodrilo? ¡No me nombres al cocodrilo! ¡Ni sé lo que come ni quiero saberlo! -contestó la sardina asustada.

    El elefantito comprendió que, para satisfacer su curiosidad, tendría que preguntárselo directamente a él. Y, sin consultarlo con nadie, se dirigió al río ancho y verde donde viven los cocodrilos.

    Cuando llegó, se acercó a la orilla y llamó: -¡Cocodrilo, cocodrilo! Acércate, que quiero preguntarte algo.

    El cocodrilo no podía creer lo que veía y se relamía de gusto pensando en el banquete que se iba a dar con aquel elefante tan pequeño y regordito.

    - ¿Qué quieres elefantito? - preguntó el cocodrilo con la voz más suave que pudo conseguir.

    - ¿Qué comes al amanecer?

    - Acércate un poco más y te lo diré al oído.

    El elefantito, confiado, se acercó todo lo que pudo al cocodrilo. Éste abrió la boca como si fuera a hablar pero, en lugar de hablar, enganchó al elefante por la nariz.

    Al sentirse mordido, el elefante tiró con todas sus fuerzas hacia atrás, mientras el cocodrilo intentaba llevarlo hacia el agua. El cocodrilo tiraba y el elefante tiraba más y de tanto tirar cada uno para su lado, lo que en un principio fue una nariz pequeña y redondita empezó a alargarse hasta convertirse en una larguísima trompa.

 

 

¡ATCHÚ!

    El ángel de la guarda de Isabel amaneció resfriado la semana pasada.

– ¡Atchú! –fue lo primero que oyó Isabel cuando se despertó. Miró por todas partes y como en el cuarto sólo estaba su hermanito Emilio, Isabel creyó que era él el que había estornudado.

– ¡Atchú! –volvió a oír Isabel, pero ya no les puso más atención a los estornudos porque quería levantarse rápido para comenzar a jugar.

Los estornudos no eran de Emilio. Eran del ángel de la guarda de Isabel que, como había amanecido resfriado, no paraba de estornudar. El ángel de la guarda de Isabel buscó en su maletín de ángel algún remedio para resfriados. Encontró agua oxigenada, tiritas y esparadrapo, pero nada de eso curaba estornudos.

Al fin el ángel de la guarda se puso una crema con olor a eucalipto en la espalda y se tomó unas gotitas con sabor a fresa, porque se acordó que a Isabel la curaban igual cuando comenzaba a estornudar. También decidió quedarse ese día en la cama.

Mientras el ángel se curaba el resfriado, a Isabel le pasaron toda clase de desastres. Al triciclo se le cayó un pedal. La muñeca Carolina estuvo perdida toda la mañana. A la hora del almuerzo, la sopa estaba muy caliente y a Isabel se le quemó la lengua. Y, como si fuera poco, su mamá llegó tan cansada, que no le quiso contar ni un cuento. Por la noche Isabel se acostó triste y aburrida porque todo le había salido mal. El ángel de la guarda también se durmió triste y aburrido porque no le gustaba quedarse todo el día acostado.

– ¡Atchú! –fue lo primero que oyó el ángel de la guarda al otro día, cuando despertó. Miró por todas partes y se dio cuenta de que era Isabel la que había estornudado.

– A Isabel se le contagió mi resfriado –pensó el ángel de la guarda.

Y bien rápido, sin que Isabel se diera cuenta, el ángel de la guarda le puso crema con olor a eucalipto en la espalda y le echó una gotitas con sabor a fresa en la boca. Isabel dejó de estornudar.

El día fue fantástico. El papá de Isabel arregló el pedal del triciclo. La muñeca Carolina se portó muy bien.  A la hora del almuerzo la sopa estaba tibia y nadie se quemó la lengua. ..

Esa noche, Isabel y el ángel de la guarda se acostaron felices porque todo les había salido bien, y además porque la mamá no había salido en toda la tarde y les había contado muchos cuentos.

Desde ese día de la semana pasada, ni Isabel, ni el ángel de la guarda, han vuelto a oír a ¡Atchú!

 

 

El Búho Gafitas

    Asomaba la cabecita, desde su casita en el tronco del árbol., un búho con una carita muy divertida. Trabajaba durante la noche dando las horas como si fuera un reloj para que los animalitos del bosque supieran que hora era en cada momento.

    Su gran ilusión era salir de su casa durante el día, pero sus ojitos no veían bien y tenía que conformarse con salir de noche y abrir sus grandes ojazos que brillaban en la oscuridad.

    - Siempre me dicen que soy afortunado por tener esos ojos tan grandotes, decía el búho. Pero no saben, añadía , que aunque son tan llamativos, no veo las cosas tan claras y lindas como la gente las ve. Salía durante la mañana pero a pocos metros se caía, y siempre decía:

    - ¡Otro tropezón, otro tropezón, pero no me importa , sólo quiero ver el sol!.

    Muy preocupado llamó a su amiga la ardilla Felisa, que vivía en un árbol cerca del suyo.

    - ¡Felisa, Felisa, ven un momentito por favor! ¡Tengo un problema y como tu tienes fama de lista, tal vez puedas echarme una mano!.

    - ¿Qué te ocurre búho?, preguntó la ardilla Felisa.

    - Tengo que salir de día, quiero ver los animalitos que juegan durante la mañana y ver el lindo color del cielo cuando se pone el sol. Quiero ver corretear a los conejos, y pegar brincos a los saltamontes y también como dan saltitos los pequeños pajarillos de mi árbol.

    - ¡Tengo la solución, dijo la ardilla! ¡Iremos al conejo oculista y te pondrá unas gafas especiales para ver durante el día!

    El búho estaba muy guapo con sus nuevas gafas, y así se cumplió su sueño, paseaba y paseaba y tanto salía durante el día, que al llegar la noche se quedaba dormido y sus amigos le decían:

    - ¡Búho, no te duermas, que tienes que dar las horas!.

    Después de muchos días se dio cuenta de que debía utilizar su tiempo mejor y decidió dormir algunas horas durante el día, así cumplía su deseo y por las noches no se dormía durante su trabajo.  

 

 

Garbancito

    Érase una vez un niño tan pequeño, tan pequeño, que su mamá en lugar de cogerlo con las manos lo hacía con los dedos, y es que era tan pequeño como un garbanzo. Por eso le llamaban Garbancito.

    A menudo estaba perdido, porque se metía dentro de los calcetines de papá o dentro de las ollas de la cocina. Su mamá nunca lo encontraba, siempre estaba llamándolo para saber dónde se había metido.

    Ahora, eso sí, él se lo pasaba chupi. Seguro que a vosotros os encantaría poder meteros dentro de una maceta o nadar en una taza de leche. ¿A que sí? Como era tan pequeño, era más pequeño que los pies de los otros niños, su mamá le había enseñado una canción para que la cantara cuando salía a la calle. Así las demás personas lo oían y no lo pisaban.

    Un día Garbancito salió a dar un paseo por el campo. Iba muy contento cantando su canción:

Pachín, pachín, pachón.

Tened cuidado con Garbancito.

Pachín, pachán, pachón.

No me piséis que soy chiquito.

    Pero de pronto una nube juguetona que estaba en el cielo, cansada de estar gorda porque tenía mucha agua, decidió soltarla sobre ese campo. Así que empezó a llover.

    Garbancito, que no llevaba paraguas, se metió debajo de una lechuga para no mojarse. Se acurrucó en una de sus hojas y se quedó dormido.

    En aquel campo había una vaca llamada Marcelina a la que le encantaba comer lechugas. Por eso en cuanto la vio se puso contentísima y dijo: -Oh. oh, oh, esa lechuguita es para mi pancita.

    Y dicho y hecho. Abrió mucho la boca y se la comió de un bocado. Y a Garbancito también porque estaba dentro de ella. Después se tumbó en la hierba boca arriba y se durmió.

    La mamá, como vio que había pasado mucho rato y Garbancito no regresaba, salió a buscarlo y decía: - Garbancito, ¿dónde estás? Garbancito, ¿dónde estás?...

    Como cada vez chillaba más, Garbancito la oyó y le contestó: - En la barriga de la vaca. En la barriga de la vaca...

    Por fin la mamá lo oyó y...¿sabéis qué hizo? Como la vaca estaba dormida panza arriba cogió una ramita y empezó a hacerle cosquillas en la barriga. La vaca se despertó y se puso a reír a carcajadas: - Ja, ja, ja. ¡Cómo me gustan las cosquillas! ¡Cómo me gustan las cosquillas!

    Como para reírse abría mucho la boca, Garbancito aprovechó la ocasión y subiendo por el cuello y pasando por la lengua de la vaca salió fuera de ella.

    - ¡Uf, qué oscuro estaba dentro de la vaca! ¡Ya tenía ganas de salir!

    Mamá se puso muy contenta de haber encontrado de nuevo a su hijito, lo tomó en su mano y se lo llevó a casa.

    Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

 

 

El hermano de Juan el Sucio

    Había una vez un niño tan desordenado que le llamaban Juan el Sucio. Abandonaba sus libros por el suelo, ponía sobre la mesa sus botas llenas de barro, metía los dedos en la mermelada y volcaba el tintero sobre su delantal nuevo. Nadie había visto jamás semejante desorden.

    Un día el Hada cuidadosa entró en la habitación de Juan. ¡Ah, si hubierais visto la cara que puso!

    -¡Esto no puede continuar así! -dijo el Hada-. esto es un desorden sin fin. Vete al jardín y juega con tu hermano mientras yo pongo las cosas en orden.

    - Yo no tengo ningún hermano -dijo Juan.

    -¡Oh, sí!, tú tienes un hermano -dijo el Hada-. Quizá tú no lo conozcas, pero él sí que te conocerá. Vete al jardín y espérale. Seguro que llegará.

    - No sé lo que quiere usted decir -dijo Juan.

    Pero a pesar de ello, bajó al jardín y comenzó a jugar con el barro. Enseguida una pequeña ardilla saltó a su lado, moviendo su espesa cola.

    -¿Eres tú mi hermano? -le preguntó el niño.

    La ardilla le miró de arriba a abajo con desdén.

    - Creo que no -dijo-. Mi pelo está bien cepillado, mi nido muy limpio y mis hijos muy bien educados. ¿Por qué me insultas con esa pregunta? -y saltó a un árbol.

    Y Jan el Sucio siguió esperando. El petirrojo llegó dando saltos.

    -¿Eres tú mi hermano? -preguntó Juan.

    -¡desde luego que no! -dijo el petirrojo-. ¡hay personas de una impertinencia...! En todo el jardín no encontrarás a nadie más cuidadoso que yo, amigo. Durante todo el día he alisado mis plumas y me gustaría que vieses a mi mujer, incubando nuestros huevos. ¡Son tan suaves y limpios! Tú, mi hermano, ¡ni lo sueñes! -erizó sus plumas y salió volando.

    El niño siguió esperando. Un poco más tarde llegó un hermoso gato de Angora. Caminaba con precaución para no ensuciarse las patas.

    -¿Eres tú mi hermano? -preguntó el pequeño. 

    -¡Ve a mirarte al espejo! -respondió el gato con altanería-. Desde esta mañana me estoy lamiendo al sol; bien se ve que tú no te lames nunca. No hay de tu especie en mi familia, y me alegro de que así sea.

    Y dicho esto le volvió la espalda y se marchó. Juan se sintió bastante desconcertado. Al cabo de un rato llegó un cerdo. Juan el Sucio no tenía ganas de preguntarle, pero el cerdo no esperó mucho tiempo.

    - Buenos días, hermano -gruñó.

    -¿Eres tú mi hermano? -preguntó Juan.

    -¡Oh! claro que sí -respondió el cerdo-. Confieso que no estoy muy orgulloso de ti, pero los miembros de mi familia se reconocen en todas partes. Ven enseguida; iremos a tomar un buen baño en la charca y luego nos revolcaremos en el estercolero.

    - No me gusta ir al estercolero -dijo Juan.

    -¡Anda, cuéntales eso a las gallinas, si quieres! -dijo el cerdo-. Mírate las manos y los pies, y el delantal. ¡Venga, vámonos! Tendremos buen tiempo y quizás haya salvado y aguachirle para comer, si queda todavía.

    -¡Yo no quiero salvado! -gruñó Juan. y se puso a llorar.

    En aquel preciso momento llegó el Hada cuidadosa.

    - Lo he limpiado y arreglado todo -dijo-, y es preciso que se conserve así. ¿Quieres ir con tu hermano o venir conmigo y aprender a ser limpio?

    -¡Contigo, contigo! -gritó Juan agarrándose al vestido del Hada.

    -¡Me alegro! -gruñó el cerdo-. Es una pequeña pérdida, pero así habrá más salvado para mí.

    Y se marchó.

 

 

El hombre de la cara seria

    Cerca de un colegio había una casa grande, con un jardín muy grande, rodeada de grandes árboles. En ella vivía un hombre también muy grande. Su cabeza, sus manos, sus pies eran enormes. Casi era un gigante. Además tenía siempre mala cara, parecía enfadado y nunca hablaba con nadie.

    Un día estaban en el recreo un grupo de niños y niñas jugando a la pelota. Uno le dio una patada muy fuerte y, mira por dónde, fue a caer en el jardín de la casa grande.

    -¡Adiós! -dijeron los niños- ¡Ya la hemos perdido! Ninguno se atrevía a ir por ella. Pero Javi que era muy decidido, dijo:

    - ¡Ni hablar, esa pelota la recojo yo!

    Cuando salieron del colegio, y aparentando que no sentía miedo, se dirigió a la casa. Todos los compañeros le seguían, temblándoles las piernas por el miedo, pero dispuestos a ayudarle si hacía falta.

    Javi, sin hacer ruido, saltó la valla de la casa y se puso a buscar el balón sin encontrarlo. De pronto sintió unos pasos y oyó una voz que decía: -¡Eh, muchacho! ¿Buscas esto?

    Javi se quedó paralizado, allí estaba el grandullón, con el balón en la mano, queriéndoselo dar.

    - Sí señor... busco eso... perdone... yo no quería molestar... ha sido el balón...

    El hombre viendo su miedo le dijo: -No te preocupes chaval y vuelve por aquí cuando quieras.

    Javi se quedó sorprendido y le preguntó: - Oiga, se me ocurre una idea. ¿Le gustaría que mis amigos y yo le enseñásemos a reír?

    - Me encantaría -dijo el hombre serio.

    - Pues entonces espérenos mañana que vendré con todos mis amigos. ¡Adiós!

    Javi salió corriendo a contar a sus compañeros lo que había pasado. Éstos no se lo podían creer y sintieron pena por el hombre grandullón. Decidieron que tenían que hacer algo para ayudar a ese pobre hombre. Enseguida comenzaron a pensar y a pensar, hasta que se les ocurrió una idea.

    Al día siguiente, cuando salieron del cole, todos se dirigieron a la casa grande. Cada uno llevaba una plumita de pollo que les había dado el abuelo de Javi de su gallinero. Javi, que era el que dirigía a los demás, dijo: - Señor, aquí estamos, venimos a hacerle reír. Sólo tiene que quitarse la ropa y tumbarse en la hierba.

    El hombre así lo hizo. Entonces los niños comenzaron a hacerle cosquillas con la plumita por todo el cuerpo: en la planta de los pies, en las piernas, en las manos, en los brazos, en la barriga, en el culete, en la nariz, en las orejas...

    Tantas cosquillas le hicieron que el hombre al fin empezó a reír, sin poder pararse. Y su risa era grande como él. Tanto, tanto rato estuvo riendo que no se podía mover, le dolía la barriga y la boca de tanto dar carcajadas. Pero estaba feliz porque al fin había sabido lo que era reír.

    A partir de aquel día el hombre serio tuvo una sonrisa siempre en los labios y ya nadie le temió más.

    Los niños iban todos los días a jugar al jardín de la casa grande y las carcajadas del hombre grandullón y de los niños se oían todas las tardes en el otro extremo del pueblo.

 

 

Juani, la bolsa de plástico

    En aquel país las tejas de las casas eran de papel; Estaba prohibido llover y hacer viento. Las palomas protestaban porque no podían posarse en ningún tejado: se hundían por menos de nada. 

    Así eran allí las cosas cuando a Juani le dio por venir al mundo. Juani era una bolsa de plástico amarilla y apareció una buena  mañana en medio de un campo de girasoles, enganchada fuertemente a un palo de escoba. Se quedó un rato esperando y, como no había viento porque estaba prohibido, pensó que si quería moverse de allí lo tenía muy difícil. Pero la suerte quiso que pasara un caballo al galope y ¡plaf!, se agarró a sus patas. ¡Cómo corría! Juani sintió miedo. Las pezuñas del animal golpeaban la tierra convirtiéndola en un enorme tambor de truenos. Dejaron el campo de girasoles, entraron en un monte y los matorrales la acariciaban al verla tan amarilla. Desde un árbol se tiró un mono sobre el caballo; quería coger a Juani, se deslizó por las patas y, boca abajo, se estiraba, se estiraba, hasta que, por fin, lo consiguió. De un tirón se hizo con Juani, la cual sufrió unas rasgadura y a poco más sangra.

    Los monos son muy rápidos. Ya estaba en el suelo, lejos del caballo, dando vueltas con Juani de la mano, para un lado..., para otro..., pero siempre en círculo. Después de mucho jugar tuvo una idea: hacerse un vestido; ya no sería más un mono desnudo. Juani, que le vio las intenciones, se puso muy seria y dijo:

    - Vale, acepto, así recorreré el mundo contigo, pero cuidadito con hacerme el más ligero corte. Te las tienes que arreglar conmigo tal como soy.

    - Eso es difícil; eres una bolsa y habrá que darte algún tijeretazo -respondió el mono.

    - ¡Nada, nada!...¿Es que te crees que no duele? -dijo enfadada y mimosa a la vez.

    ¡Que mal modisto era el mono! Intentó hacerse una camisa, pero Juani era pequeña para eso. Luego, un calcetín, pero era muy grande... ¡Qué lío! Por último se la puso en la cabeza y se fue por la vida desnudo y con sombrero.

    Juani había conseguido lo que quería: que la llevaran de viaje. Ella sabía de sobra que una bolsa de plástico no vale para vestir bien a la gente.

 

 

La regadera con piernas

       Érase una vez una niña llamada Paula. era muy caprichosa y todo el día se lo pasaba llorando.

    Lloraba porque no le gustaba lavarse los dientes. Lloraba porque no le gustaba ponerse la ropa que le habían preparado. Lloraba porque no le gustaba el desayuno. Era una niña llorona.

    Su papá y su mamá estaban muy cansados y aburridos de tanto verla llorar. Un día le dijeron: - Paula, pareces una regadera, todo el día está echando agua; te podrías dedicar a regar las plantas de la terraza con tus lágrimas.

    Aquella manifestación de sus padres impresionó tanto a Paula que ya no volvió a llorar en todo el día. Cuando por la noche se quedó sola en su habitación, de nuevo volvió a recordar las palabras de sus padres: "Paula, pareces una regadera", "Paula, pareces una regadera..., pareces una regadera...".

    Tan impresionada estaba que aquella noche sus sueños giraron en torno a esa idea: "ser una regadera" ¿Podría ser ella una regadera? La verdad es que aquella era una idea divertida. Lo de estar siempre mojada le gustaba mucho, siempre le había gustado. Cerraría los ojos muy fuerte y soñaría eso, "que era una regadera".

    Y así sucedió: Se había convertido en una regadera. Una regadera "muy especial".

    Paula en ese cambio había perdido casi todo su cuerpo. Ya no tenía pelo, ni ojos, ni boca, ni cuerpo, ni brazos. Sólo le quedaban piernas. Piernas y pies para caminar. Ahora era una regadera con piernas y pies que seguía llamándose Paula, pero a la que nadie reconocía.

    Además había otro problema. Paula, la que ahora era una regadera con piernas, nunca había visto una regadera de verdad, por lo que ella no sabía para qué podía servir. Pero Paula, la regadera con piernas, en su sueño decidió que ella se dedicaría a regar todo aquello que encontrara a mano. Cuando ella era niña se divertía mucho cuando se mojaba, así que saldría de paseo y regaría todo. ¡Qué divertido! Aquello se presentaba ¡alucinante!

    Su primera actividad fue la habitual: el cuarto de baño, lavarse los dientes... Lo de lavarse los dientes fue lo mejor pues a ella no le gustaba meter en su boca esa pasta de dientes que picaba tanto. ¡Qué bien! Ahora ya no tendría ese problema. No tenía dientes.

    Iría a desayunar. Como era una regadera, en vez de untar las galletas en la leche las regó y, claro, las galletas salieron nadando y se deshicieron. ya no podía desayunar. ¡estupendo! A ella nunca le gustaba desayunar.

    Se vestiría e iría a la escuela. Vestirse e ir a la escuela no eran actividades propias de una regadera con piernas, así que comenzaron a ocurrir situaciones problemáticas. La primera fue que al ir a ponerse la ropa mojó todo y llenó el suelo de agua. Paula, la regadera con piernas, se resbaló, perdió el equilibrio y cayó con tan mala suerte que se dio un golpe tan fuerte que se cayó al suelo mareada.

    "Lo mejor sería", pensó Paula, "ser una niña de verdad", pues cuando era de verdad nunca se había mareado. ¡Qué mal era eso de estar mareada!, se caía para todos lados, se calaba... ¡Un desastre!

    Intentó por todos los medios terminar el sueño. Puso todo su esfuerzo en ello, pero no lo consiguió. El sueño continuaba y tenían que suceder muchas cosas más.

    Seguía siendo Paula, la regadera con piernas a la que le sucedían cosas muy divertidas...

 

 

Las camisas voladoras

    -¡Que vienen las camisas voladoras! ¡Que vienen las camisas voladoras! -gritaba Rendijo y corría por todas las calles sembrando la inquietud y el pánico entre los vecinos que ya tenían experiencia de aquello.

    -¡Las camisas voladoras! ¡Las camisas voladoras! -desde las ventanas, por las aceras, en las plazas, la voz se repetía.

    Rendijo era un niño muy delgado; lo llamaban así porque cabía por una rendija. Tenía el olfato desarrolladísimo, tanto como los perros. Cuando llegaban las camisas voladoras era siempre el primero en darse cuenta porque, antes de que se pudieran ver, él las olía.

    Después de la alarma, ya todo el mundo se había refugiado en sus casas. Sólo Rendijo no tenía miedo y permanecía en medio de la plaza dispuesto a contemplar el espectáculo maravilloso que iban a ofrecer las camisas voladoras.

    Por fin llegaron. Eran unas cuatrocientas. Despedían un olor como de fábrica de galletas. Rendijo cerraba los ojos y respiraba fuerte por la nariz para que aquel aroma le penetrase. Después los abría y miraba entusiasmado aquellos círculos, vueltas, caídas vertiginosas, ascensiones lentas...; era un gran espectáculo de baile, por el aire sonaba una música tranquila. Había camisas rojas, azules, amarillas, verdes, blancas... todas de manga larga. Se movían como si unos cuerpos invisibles las llevaran puestas.

    Rendijo sentía que le estaban sonriendo, que bailaban para él, y movía la cabeza y las manos, participando también en aquella danza.

    Poco a poco las camisas voladoras fueron perdiendo altura: evolucionaban ya a ras de tierra y cuando pasaban al lado de Rendijo le rozaban con caricias de seda y algodón; ni una sola era áspera -le hubiera molestado su tacto en la cara-, todas eran finas y suaves. Lo envolvían y jugaban con él.

    Rendijo veía sus colores y sus formas, olía su aroma de galletas, oía sus sonrisas y su música...; sólo le faltaba conocer a qué sabían. Las camisas normalmente saben a tela y la tela no sabe a nada; pero aquellas eran especiales y a lo mejor tenían sabor a otras cosas. Así que empezó a dar lametones a las que pasaban a su lado y comprobó que era cierto lo que se había imaginado: sabían a galletas. ¡Qué ricas estaban!

    Pero eso de que las lamiera no debió gustarles nada y empezaron a remontar el vuelo para hacerse inalcanzables, para que sólo las pudiera ver, oír y oler, pero no tocar ni saborear.

    ¡Ay! Una camisa azul se había enganchado en las espinas de un rosal y no podía volar. Rendijo la cogió, se la puso con mucho cuidado y casi con miedo o con ganas de salir por los aires; pero no, no podía con él. Ella luchaba por escapar, ya no reía, ni cantaba, ni olía a galletas. Empezó a palidecer, a volverse blanca. Rendijo pensó que se destruiría si la mantenía más tiempo cautiva, así que la desabotonó, levantó los brazos y ella sola se marchó más feliz y azul que nunca, confundiéndose con el cielo...

 

Mis cinco deditos

    Estaba un niño sentado jugando con sus manitas y sin querer evitarlo a sus deditos echó una miradita...


    - ¡Mami ... ¿Cuántos deditos tiene mi mano? - Preguntó el niño, con curiosidad a su mamá.

    - 5 deditos tiene tu mamo...¡Mi amor! - Respondió la mamá a su hijo.

    - ¿Y mis deditos tienen nombres... mami? - Insistió el niño.

    - ¡Sí, cariño! Cada uno de tus deditos tiene un nombre. Explicó la mamá.

    - ¿Y cómo se llaman mis deditos? - Volvió a preguntar el niño.

    - ¡Bueno cariño, eso es muy fácil! - Le dijo la mamá al niño-. El gordito se llama Pulgar, el que le sigue es Índice, el largo es Cordial o dedo del Corazón, el que viene es Anular y el pequeñito se llama Meñique. - Le explicó.

    - ¡Que nombres tan raros, mami! ¿Cómo voy a poder aprendérmelos? - Le dijo el niño preocupado a su madre.

    - ¡Con una historia!. Yo te voy a contar quien es cada uno de tus deditos y seguro que así, podrás recordar los nombres de tus cinco deditos. Tranquilizó la madre al niño.

    La madre sentó al niño en sus piernas y acariciándole sus deditos, le dijo:


Pulgar que es gordito
le diremos pulgarcito
le encanta el dulcecito
y jugar con su papito.

Índice es el dedito pensante
Te dice que sí o no, sin mucho esforzarse
Con el teléfono le gusta jugar
Y de lejos, si quiere, te puede llamar.

Cordial es el más alto
Y es quien cuida a los deditos.
Es el dedo enamorado
Y lo llaman Corazoncito.

Anular es vanidoso
Y le encanta la belleza
Por eso esta contento
Si le obsequias una prenda.

Meñique es el chiquito
¡y no come el muy pillito!
Por eso es tan flaquito
Y lo cuidan los deditos.


    - ¡Oh mami! Me encantó la historia de mis deditos. Ahora si me voy a acordar del nombre de cada uno. Pulgar, Índice, Cordial, Anular y Meñique. Le dijo el niño muy contento a su mami.

    - ¡Qué bueno mi amor que te gustó el cuento! Ves que es muy fácil aprender jugando...ahora ya te sabes los nombres de tus deditos. - Expresó la madre con ternura al niño.

    - ¡Si mami! Ahora puedo jugar con ellos y llamarlos por sus nombres, porque ellos son mis amiguitos y lo mejor de todo es que son míos, ¡son mis cinco deditos!.

 

 

Pilocha 

    Había una vez un bosque. En el bosque un árbol, y en el árbol una rama, una rama... que no quería ser rama. Un día de tormenta se partió la rama. 

    -¡Yupi, estoy libre! Ahora podré jugar, correr y saltar como una niña.

   - Qué tonterías dices - murmuró un gusanito - ¡Cómo vas a ser como una niña si no tienes cabeza!

   - Ya sé, me pondré una sandía! - gritó - ¡Soy una niña, soy una niña!

   - ¡Tonterías, las niñas tienen dos piernas y dos brazos! - dijo una lagartija que pasaba por allí.

   - Ya sé, me pondré dos palos y unas ramas que terminen en palitos para tener manos.

   Se los ató y gritó: ¡Soy una niña, soy una niña!

   - ¡Tú no eres una niña!, no tienes ojos, ni boca, ni nariz, ni pelo - dijo un pájaro que estaba cerca.

   - ¡Soy una niña, soy una niña!

   - ¡Cuántas cosas!, buscaré una zanahoria para la nariz, dos castañas para los ojos, dos cáscaras de naranja para las orejas, un poco de hierba para el pelo y me haré la boca en la sandía.

   - ¡Yupi soy una niña!, ¡Soy una niña!

   - Croa, croa, croa, ¡qué tonterías!, eres un palo con una sandía; las niñas tienen cerebro, tripa, lengua y de todo.

   La rama pensó que nunca sería niña y se puso a llorar y llorar.

   -¡Soy una niña, soy una niña!

   Los animales del bosque al verla tan triste llamaron a una estrella que concedía deseos.

   - ¿Puedes ayudar a esta rama que quiere ser niña?

   - Sí, pero antes tenéis que ponerle un nombre.

   - Conozco un cuento de un muñeco que se llama Pinocho - dijo la rana.

   - ¡Qué nombre tan bonito... PILOCHA, PILOCHA, PILOCHA! Exclamó la tortuga que era un poco sorda.

   La estrella la convirtió en niña. Cuando la rama vio que tenía brazos, piernas, tripa y de todo se puso a saltar y cantar de alegría: ¡Soy una niña, soy una niña!

   Tanto saltó y bailó que...

   - ¡Ay, ay, ay! Me muero, me muero, me duele mucho la tripa.

   - Croa, croa, croa, no te mueres, sólo tienes que comer; te duele la tripa porque no has comido - dijo la rana.

   Pilocha cogió fresas y se las comió: -¡Humm... qué ricas!

   -¡Ay, ay, ay! me muero, mi tripa, mi culito, me duele, me duele, me duele.

   - Croa, croa, croa, ¡Qué te vas a morir! Las niñas después de comer tienen que hacer caca.

   Pilocha hizo caca y como estaba tan cansada, ¡Plaff! se sentó encima.

   - ¡Qué mal huele, nadie va a querer ser amigo mío con este olor!

   - Croa, croa, croa, sólo tienes que lavarte.

   Pilocha se lavó. Estaba muy contenta porque creía que había aprendido todas las cosas que hacían las niñas. Pero...

   - ¡Ay, ay, ay, me muero, se me cierran los ojos, me caigo al suelo!

   - Croa, croa, croa, ¡Qué te vas a morir! Sólo tienes sueño; las niñas por la noche tienen que dormir para poder soñar.

   Pilocha cerró los ojos y se durmió. Entonces sintió las manos de su mamá que la despertaba.