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 Cuentos sobre el colegio  

               Ceferino va al colegio                El niño que no podía ir al cole
               La familia Colorete                El pez que no quería ir a la escuela

 

 

Ceferino va al colegio

    Érase un osito que vivía en el pueblo con sus papás. Hasta hace poco había vivido en el bosque pero le gustaba mucho más el pueblo ya que allí tenía muchos amigos con los que jugar y lo pasaba muy divertido. Un día los niños le dijeron que al día siguiente empezaba el colegio y que ya se verían allí en vez de en la calle como hasta ese momento.

    Al día siguiente el osito cogió una mochila de su casa, se hizo un bocadillo y se fue para el colegio, como no había ido nunca no sabía que tenía que llevar, decidió ir echando todo lo que encontrara, cogió una flor, después convenció a una mariposa blanca para que se fuera con el, intento llevarse a un árbol que no pudo ir paro se llevo una rama que se le había caído, más tarde echo un lagarto enorme que se encontró, una piedra muy bonita, etc. etc.(irán diciendo lo que se les ocurra)

    Cuando llegó a la puerta de la escuela la maestra salió a recibirle y entre todos decidieron lo que podía quedarse dentro de la clase y lo que era mejor que se quedara fuera.  (Lo haremos entre todos).

 

 

                                                       El niño que no podía ir al cole

       Enrique era un pastorcillo que vivía en el campo cuidando las ovejas y así ayudaba a sus papás. éstos vendían la leche o hacían queso con ella, vendían lana y alguna que otra ovejilla. Con el dinero que sacaban de todo esto compraban su comida, la ropa y muchas cosas más.

    Enrique sabía contar porque sus papás le habían enseñado para que contara las ovejas y no se le perdieran, pero no sabía leer ni escribir porque no podía ir al cole.

    Cuando iba al pueblo a vender la leche con sus papás, siempre se paraba delante de la verja del cole. Veía a los niños dentro de las clases o en el patio jugando y sentía una envidia enorme de ellos. Allí los niños aprendían cada día un poquito y cuando pasara el tiempo y fueran mayores....¡cuánto sabrían!

    Al marchar de nuevo a su casa, Enrique iba triste y pensaba: "Si pudiera aprender a leer y escribir todo sería distinto, leería muchos libros y sabría cada día más, pero...¿quién me puede enseñar?"

    Preguntó a sus amigos del campo: a los pajarillos, a las cabras, a las ardillas, a las lagartijas... Naturalmente, todos le respondieron que ellos no podían.

    Una noche, cuando estaba durmiendo, soñó que llegaba una mujer con papeles, lápices y un libro para leer. Aquel día le enseñó sólo la "o" y la "i".

    Al despertar pensó que había tenido un sueño maravilloso, pero su sorpresa fue enorme cuando, sobre la mesa, vio un papel escrito con la "o" y la "i", como en el sueño.

    Enrique no dijo nada a nadie porque no sabía explicar lo que pasaba, pero todas las noches cuando dormía llegaba la mujer y le enseñaba más y más letras.

    Fueron pasando los días y el sueño se repetía cada noche y por las mañanas seguían apareciendo hojas escritas en la mesa.

    Aquella noche, sin embargo, sucedió algo distinto. la mujer apareció y regaló a Enrique un libro. Era de colores y en la portada Enrique leyó: "Libro de lectura".

    Volvió a leer: "Libro de lectura"; otra vez: "Libro de lectura".

    No se lo podía creer. Abrió el libro y siguió leyendo: "Érase una vez un hada que vivía en el bosque con los animales y cuyo trabajo consistía en escuchar los deseos de los niños..."

    Siguió y siguió leyendo sin darse cuenta de que pasaba el tiempo, hasta que la luz del sol entró por la ventana. Ya era de día.

    Amigos, ¿qué creéis que pasó? ¿Quién era esa mujer? ¿La habéis visto en sueños alguna vez?

    Da igual, lo importante es que Enrique aprendió a escribir y a leer.

 

 

La familia Colorete

    La familia Colorete estaba muy nerviosa. Llevaban todo el verano dentro de un estuche, que estaba guardado en una cartera, tristes, solos y aburridos de no hacer nada.

    Cuando acabó el curso, los niños guardaron la cartera en el último rincón del armario.

    Ahora estaban de vacaciones y tenían que hacer muchas cosas que no se hacen cuando hay cole: ir a la playa, a la piscina, montar en bicicleta y jugar mucho. Por eso no usaban los colores.

    Mamá Blanca, tranquilizaba a los demás colores y papá Negro les contó que un amigo suyo le había dicho que los niños estaban ocupados en otras cosas y por eso no sacaban los colores.

    Por fin tras muchos días de espera, sintieron hablar a los niños con sus papás:

    -Tenemos que ordenar la cartera, faltan pocos días para volver al colegio y tiene que estar todo preparado, ¿entendido?

    - ¡De acuerdo! -contestaron.

    Susana sacó todo y con mucho cuidado lo fue colocando bien. No le faltaba ningún color.

    ¡Qué bonitos eran!, especialmente el rojo y el amarillo, que eran sus preferidos.

    Carlos era algo más desordenado y le faltaban dos, el verde y el naranja. ¿Dónde se habrían metido? Él estaba seguro de que no los había perdido. Los muy pillos se habían ido de paseo por la cartera y estaban entre las hojas de los libros, viendo los animales y plantas que había dibujados en ellos. Carlos los puso en su sitio, contento de que no se hubiesen perdido.

    Llegó el comienzo del curso y ya los colores estuvieron distraídos: paseos dentro de la mochila, viajes en autobús, escuchar los cuentos de la seño, las charlas de los niños y sobre todo hacer su trabajo: colorear bien lo que los niños les mandaban.

    Se fueron pasando los meses, septiembre, octubre, noviembre, diciembre... Las vacaciones de Navidad llegaban y los niños hablaban de los regalos de Reyes. Casi todos iban a pedir estuches nuevos de lápices.

    La familia Colorete se puso otra vez triste. Dentro del estuche, el color rojo, el amarillo, el verde, el naranja... que ya estaban bastante gastados no hacían más que llorar porque pensaban que los niños, cuando tuvieran otros nuevos, los tirarían a la basura.

    Entonces apareció Lapicilla, que es el hada que hace lápices de colores con su varita mágica. Llegó porque les sintió llorar.

    - No os pongáis tristes, -les dijo- vosotros ya habéis trabajado mucho y habéis coloreado muchos dibujos  que los niños tienen en sus cuadernos, en la clase colgados, en su casa... Ahora les toca trabajar a otros lápices más grandes que son jóvenes. Pero vosotros no iréis a la basura, yo os llevaré conmigo, descansaréis un tiempo y luego os convertiré en lápices nuevos, para que sigáis coloreando y estando con los niños.

    La familia Colorete se puso muy contenta. Todos salieron del estuche y se fueron con su hada.

    Así que amigos, cuando vuestros lápices de colores estén gastados y pequeños no los tiréis a la basura. Dejadlos por la noche fuera de la cartera para que el hada Lapicilla venga a recogerlos.

 

 

El pez que no quería ir a la escuela

    Érase una vez un pez que vivía en un río muy tranquilo, como hasta entonces había sido muy pequeño había estado siempre con su mamá que le había protegido de todos los peligros. Como ya era mayor le dijeron que tenía que ir al colegio de los peces donde le enseñarían muchas cosas útiles para la vida en el río. 

    El pez no quería ir  todos los días se escapaba para no asistir a las clases que daba un pez muy viejo y muy sabio. Una de las cosas que aprendían era a entender las señales que ponían en el fondo del río y que indicaban los peligros. Las había que indicaban el peligro de rocas sueltas que podían caer y hacer daño, otras las corrientes peligrosas, también las había que avisaban de la presencia de pescadores, etc. Como nuestro pez no iba, no las entendía, un día que estaba paseando sólo, los demás estaban en clase, vio una de ellas pero paso de largo porque no supo lo que indicaba. Era una de las que avisaban de que había pescadores en un puente cercano, el pez vio un gusano muy apetitoso y se tiro a por el, noto un dolor terrible en la boca y se puso a hacer mucho ruido, el pescador era un viejo burro que vivía cerca del río y que a pesar de ir muy a menudo, nunca pescaba nada (gracias a las señales), se puso muy nervioso y empezó a tirar del sedal mientras se asomaba a ver lo que había pescado. Muchos peces acudieron al oír al pequeño y le agarraron unos a el y otros del hilo; a una señal   tiraron todos y el pobre burro cayó al agua, no sabía nadar y empezó a hundirse, a los peces les dio pena y lo sacaron a la orilla. 

    Al pececito le quitaron el anzuelo pero no se le olvidó el susto y desde entonces no falto nunca más a clase y en cuanto al burro sólo fue a la orilla de paseo y jamás volvió a meter su caña en el río.