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 Cuentos sobre la Navidad  

               La vendedora de fósforos                La visita de las arañas
               La rana Lucy y el grillo Guillermo                El pajarito cantor en Navidad

 

 

La vendedora de fósforos

    ¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos.

    Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la pisasen los carruajes que iban en direcciones opuestas.

    La niña caminaba, pues, con los piececitos desnudos, que estaban rojos y azules del frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era muy mal día: ningún comprador se había presentado, y, por consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto. ¡Pobre niña! Los copos de nieve se posaban en sus largos cabellos rubios, que le caían en preciosos bucles sobre el cuello; pero no pensaba en sus cabellos. Veía bullir las luces a través de las ventanas; el olor de los asados se percibía por todas partes. Era el día de Nochebuena, y en esta festividad pensaba la infeliz niña.

    Se sentó en una plazoleta, y se acurrucó en un rincón entre dos casas. El frío se apoderaba de ella y entumecía sus miembros; pero no se atrevía a presentarse en su casa; volvía con todos los fósforos y sin una sola moneda. Su madrastra la maltrataría, y, además, en su casa hacía también mucho frío. Vivían bajo el tejado y el viento soplaba allí con furia, aunque las mayores aberturas habían sido tapadas con paja y trapos viejos. Sus manecitas estaban casi yertas de frío. ¡Ah! ¡Cuánto placer le causaría calentarse con una cerillita! ¡Si se atreviera a sacar una sola de la caja, a frotarla en la pared y a calentarse los dedos! Sacó una. ¡Rich! ¡Cómo alumbraba y cómo ardía! Despedía una llama clara y caliente como la de una velita cuando la rodeó con su mano. ¡Qué luz tan hermosa! Creía la niña que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente. ¡Ardía el fuego allí de un modo tan hermoso! ¡Calentaba tan bien!

    Pero todo acaba en el mundo. La niña extendió sus piececillos para calentarlos también; más la llama se apagó: ya no le quedaba a la niña en la mano más que un pedacito de cerilla. Frotó otra, que ardió y brilló como la primera; y allí donde la luz cayó sobre la pared, se hizo tan transparente como una gasa. La niña creyó ver una habitación en que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! De pronto tuvo la ilusión de que el ave saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor y el cuchillo clavados en la pechuga, y rodaba hasta llegar a sus piececitos. Pero la segunda cerilla se apagó, y no vio ante sí más que la pared impenetrable y fría.

    Encendió un nuevo fósforo. Creyó entonces verse sentada cerca de un magnífico nacimiento: era más rico y mayor que todos los que había visto en aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Mil luces ardían en los arbolillos; los pastores y zagalas parecían moverse y sonreír a la niña. Esta, embelesada, levantó entonces las dos manos, y el fósforo se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron, y comprendió entonces que no eran más que estrellas. Una de ellas pasó trazando una línea de fuego en el cielo.

    -Esto quiere decir que alguien ha muerto- pensó la niña; porque su abuelita, que era la única que había sido buena para ella, pero que ya no existía, le había dicho muchas veces: "Cuando cae una estrella, es que un alma sube hasta el trono de Dios".

    Todavía frotó la niña otro fósforo en la pared, y creyó ver una gran luz, en medio de la cual estaba su abuela en pie y con un aspecto sublime y radiante.

    -¡Abuelita!- gritó la niña-. ¡Llévame contigo! ¡Cuando se apague el fósforo, sé muy bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás como la chimenea de hierro, como el ave asada y como el hermoso nacimiento!

    Después se atrevió a frotar el resto de la caja, porque quería conservar la ilusión de que veía a su abuelita, y los fósforos esparcieron una claridad vivísima. Nunca la abuela le había parecido tan grande ni tan hermosa. Cogió a la niña bajo el brazo, y las dos se elevaron en medio de la luz hasta un sitio tan elevado, que allí no hacía frío, ni se sentía hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios.

    Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la niña entre las dos casas, con las mejillas rojas y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío en la Nochebuena! El sol iluminó a aquel tierno ser sentado allí con las cajas de cerillas, de las cuales una había ardido por completo.

    -¡Ha querido calentarse la pobrecita!- dijo alguien.

    Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto, ni en medio de qué resplandor había entrado con su anciana abuela en el reino de los cielos.

 

 

La rana Lucy y el grillo Guillermo

     Caía la noche y un gran manto de nieve, cubría el parque. Un parque tranquilo, donde el ruido dormía y sólo los murmullos de los animalitos se escuchaban en la oscuridad.

    Tras la ventana de una casita hecha de hojas vivía la rana Lucy, era una ranita muy alegre, con grandes ojos y patitas cortas. Miraba embobada cómo los copos bajaban lentamente como si estuvieran bailando una danza.

    En el parque también vivían otros animalitos, pero eran muy orgullosos y presumidos, sólo el grillo Guillermo quería de verdad a la ranita. Era un grillo negro, muy negro, pero muy educado y elegante, tenía un bonito sombrero que sólo se ponía en las grandes ocasiones.

    Llegó el día que todos esperaban, la fiesta de Navidad. La rana y el grillo tenían muchos deseos de ver todos los adornos de la gran ciudad y pensaban acercarse a ver un gran Belén viviente que iban a colocar en la Plaza Central. Les gustaba mucho cantar villancicos. A veces se ponían un poquito tristes de estar tan solitos, pero enseguida recordaban dónde jugaban los niños, y disfrutaban de verlos correr y reír.¡Todas las penas se marchaban!

    Lucy y Guillermo se prepararon para ir a la ciudad. Lucy se puso su chaleco y su bufanda a cuadros y Guillermo su sombrero de copa. Atravesaron el parque. Algunos animalitos se burlaron de ellos, diciendo:

    - ¡Mirad que pintas llevan! ¡ Se creen muy finos!

    Pero nuestros amigos no le dieron importancia y siguieron su camino. Al poco tiempo oyeron un gemido, se preguntaron: ¿Qué es eso? Cada vez lo oían más cerca. De pronto descubrieron un pobre saltamontes que estaba aterido de frío.

    - ¡Pobrecito, qué te pasa?. Dijo Lucy.

    Estaba saltando y se me echó la noche encima, me quedé tan helado que no podía moverme. Los animalitos me vieron pero ninguno me ayudó.

    - ¡Ves Guillermo! -dijo Lucy-. Todos son muy orgullosos, pero no tienen corazón.

    La ranita y el grillo, le prestaron sus ropas y le abrigaron, mimándolo para que entrara en calor. El saltamontes agradecido, les dijo:

    - Conozco un lugar donde podéis pasar las mejores navidades de vuestra vida, además hay un Belén tan bonito que no se os olvidará nunca.

    Allí, fueron los tres. Era cierto lo que les contó el saltamontes. En una cunita de paja, había un niño tan bonito, y tenía una mirada tan dulce que a la ranita se le escapó una lágrima. Un buey y una mula le guardaban y San José y la Virgen María le velaban. Se acercó a él, despacito, dando dos saltitos y le susurró al oído:

    - Yo sé, que eres Jesusito, que amas mucho a los niños. Yo también. Tal vez juntos podamos luchar para que siempre sean felices y no lloren. ¡No quiero que se odien!, ¡creemos entre todos un mundo mejor! Sé que eres sólo un muñeco, y que los que me miran pensaran que soy una rana loquita, pero yo sé que me escuchas.

    La ranita se dio la vuelta y de repente el grillo chilló:

    -¡Ranita, ranita , el niño te ha sonreído!

    Era verdad, una gran sonrisa iluminaba la cara del niño Jesús. Tal vez el niño no sonrió, pero lo importante es que en nuestro corazón tengamos tanto deseo de amor como la ranita que nos haga creer hasta en lo que no es real.

    Los amigos volvieron a casa, y esa fue la Navidad más feliz de su vida. 

 

 

La visita de las arañas

       Era el día de Nochebuena, ¿sabéis? El árbol estaba ya bien adornado con sus velas, sus bolas brillantes, sus naranjas alegres, sus manzanas rojas, sus nueces doradas y muchos, muchos juguetes. era de verdad un árbol muy hermoso.

    Estaba solitario, en el gran salón con las puertas bien cerradas, para que los niños no pudiesen verlo hasta la mañana del día de Navidad. Pero todas las personas mayores lo habían visto y lo encontraban maravilloso.

    El gatito también lo había visto, con sus grandes ojos verdes; le había dado la vuelta mirándolo por todas partes. También lo había visto el perro guardián, con sus ojos cariñosos; el canario amarillo lo había contemplado, con sus ojillos negros, antes de dormirse en un rincón de su jaula.

    Pero no todos habían tenido tanta suerte; alguien no lo había visto. Eran... ¡las arañas!

    Las arañas, como sabéis, viven en los rincones. En los rincones soleados de las buhardillas y en los oscuros rincones de los sótanos.

    Habían resuelto contemplar el magnífico árbol, igual que los demás de la casa.

    pero desgraciadamente, justito antes de Navidad, hubo un gran barullo de limpieza en toda la casa; las criadas lo habían recorrido todo, barriendo, fregando, sacudiendo, encerando, desde el sótano a la buhardilla. La escoba llegaba a todos los rincones -ris ras, ris ras- y el plumero no dejaba una telaraña, -zip zap, zip zap-. Nadie podía parar en casa con tal batiburrillo. Por eso ellas no podían ver el árbol de Navidad.

    A las arañas les gusta mucho saber todo lo que pasa y ver todo lo que hay para ver; así es que estaban muy enfadadas. Al fin pensaron: "¿Y si se lo contáramos al Niño? Quizá Él lo arreglaría".

    Así pues, se acercaron al Niño Jesús y le dijeron: "Querido Niño, todo el mundo en la casa ha visto el árbol de Navidad y mañana lo verán hasta los pequeños. Pero a nosotras no nos dejarán entrar y no lo podremos ver ni por asomo. Tú sabes bien que nosotras somos muy caseras, que no salimos nunca, que nos gustan las cosas bonitas..., pero ahora han hecho limpieza... ¡y nos han echado! No podremos ver el árbol; no lo podremos ver".

    El Niño se compadeció de las pobrecitas arañas y les dio permiso para que se fuesen a contemplar el árbol.

    Por la noche, cuando todos dormían, las dejó llegar al gran salón. Las arañas fueron bajando de la buhardilla; quedito, quedito, fueron subiendo de los sótanos; con sumo cuidado se deslizaron por debajo de la puerta y se encontraron en el gran salón.

    Estaban todas: las mamás - arañas y los abuelos - arañas, hasta las arañas pequeñas, hasta las arañas - bebés. Corrieron por el suelo con sus ocho patitas y llegaron al pie del árbol.

    Y entonces treparon, de rama en rama, hasta llegar a lo más alto. ¡Trepaban y miraban! ¡Estaban tan contentas y encontraban el árbol tan bonito! Arriba, abajo, en la punta de las ramas, en el tronco, en las velas, en los juguetes, quedito, quedito pasaban...

    Estuvieron allí hasta que lo hubieron visto todo, todo; y entonces se volvieron al sótano tan contentas...

    Y como la Nochebuena estaba avanzada, el Niño Jesús bajó para bendecir el árbol y todas las cosas bonitas que lo adornaban. Pero cuando llegó allí, ¿a que no adivináis lo que halló? ¡Telarañas!

    Por todas las partes donde las arañas habían pasado, habían dejado sus largos hilos de seda. ¡Y ya os he dicho que habían pasado por todas partes...!

    Era una cosa muy rara ver aquella maraña de hilo gris cubriendo el árbol. El Niño Jesús pensó un momento. Luego tocó el árbol con su dedo y he aquí que todas las telarañas empezaron a resplandecer como si fueran de oro. ¡Brillaban y rebrillaban entre las ramas!; y los largos hilos dorados lo cubrían todo. ¡Qué maravilloso era!

    Desde entonces siempre se colocan hilos dorados en el árbol de Navidad.

 

 

El pajarito cantor en Navidad


    Había una vez un pajarito cantor que vivía muy feliz en su jaulita con puerta corrediza. Su alegría, la demostraba cada mañana cuando se levantaban los habitantes de la casa. Los chicos le sonreían, la mamá le conversaba y papá se ocupaba del agüita. 

    Su vida pasaba tranquila. El pajarito cantaba más alegre que nunca porque faltaban poquitos días para la Navidad hasta que una tarde papá apareció con un regalo anticipado de Navidad para toda la familia. Todos estaban contentos. El pajarito cantor también. 

    ¡Antes de la navidad ya recibimos un regalo! 

    Hasta que el paquete fue desenvuelto y de él emergió una pajarita sonriente. ¡Pero qué atrevidos, como llevar una pajarita sin consultar! ¿Donde se ha visto un regalo así? Los niños la llevaron cuidadosamente a su jaulita para que se saluden.

    Pero el pajarito ni buenas tardes le dijo, es más, ni la miró, ¿quién es ésta? , ¿de dónde salió? A partir de ese día su vida cambió. Ya no podía tomar su siesta de las once porque la pajarita conversaba, tampoco podía ejercitar bien sus plumas porque la pajarita cantaba desafinando. ¿Que puedo hacer? ¿Cómo puedo protestar? Justo en estos días de fiestas y regalitos. 

    Hasta que se le ocurrió una idea. Ya sé. La voy a asustar y se va a ir y nunca volverá. Pensó y pensó el modo de hacerlo. Hasta que al fin se le ocurrió.

   Mientras la pajarita dormía por las noches, el se fabricó un disfraz de cuervo negro con una bolsita que encontró. Cuando el disfraz estuvo listo, se lo probó. Muy decidido estaba en asustar a la pajarita. No se daba cuenta que se había enredado con el disfraz de tal manera que no podía moverse y casi ni respirar. Así fue que la pajarita, lo vio y lo ayudó a quitarse el disfraz.

   -¿Qué te pasó pajarito cantor? ¿No te podías mover?

   Él muy arrepentido le contó que su idea era asustarla para que se fuera. Viendo que ella había sido tan buena, le pidió perdón. La pajarita, le dijo que ella también se disculpaba, porque a veces, sólo a veces , eh, cantaba mal para molestarlo a él. Desde ese día fueron grandes amigos y cantaron juntos, especialmente hermosas canciones de la Navidad. Toda la familia, reunida junto al árbol de Navidad, estaba feliz, porque tenían dos pajaritos cantores.