cuenani

 Cuentos sobre los animales 

               La vaca Nicolasa                La jirafa y el leoncito
               El pececillo presumido                Púas, el erizo
               El pollito Pito                La colección de animales
               La hormiga presumida                El ciempiés bailarín

 

 

La vaca Nicolasa

Nicolasa, es una vaca alegre, no le gusta la lluvia, porque el día que llueve su amo no le deja salir del establo a jugar en el prado.

Su amigo el cerdo Casimiro le hace compañía en sus juegos.

Nicolasa es muy coqueta, y nada mas despertar se peina el rabo y se limpia las patitas y la cara con agua y jabón.

Ha salido el sol, Nicolasa mueve el rabo muy contenta y sale disparada hacia el prado para oler la hierba fresca y tumbarse en ella.

Es una vaca inquieta, no puede estar parada. Hasta cuando la ordeñan está moviéndose.

¡Nicolasita, preciosa no te muevas que vas a derramar la leche! dice: su amo.

Se pasea por la granja, moviéndose como si fuera una modelo.

¡Es tan presumida!.

Se baña en la charquita del río y después se mira en sus aguas, para ver lo guapa que está.

Pero la pobre Nicolasa ha dado un tropezón y se ha caído de cabeza en el pequeño río.

No puede salir y empieza a pedir ayuda a sus amigos.

¡Casimiro, Casimiro, ven por favor, que me ahogo!

Casimiro muy preocupado, llamó al caballo Bruno, que se había quedado en el establo.

¡Ven pronto, ven pronto, Bruno, que la vaquita Nicolasa se está ahogando!.

Bruno, corrió con sus ágiles patas, hasta llegar al río.

Con la ayuda de los dos amigos, Nicolasa pudo salir de allí.

¡Me he dado un buen susto, la próxima vez tendré mas cuidado!. decía: Nicolasa.

De vuelta en la granja, su amo la vio mojada y dijo:

¡Nicolasa, otra vez has tenido una aventura, mañana seguro que estarás un poquito resfriada!.

Al día siguiente, la vaquita si, estaba resfriada, pero con el cariño y el cuidado de todos sus amigos se curó rápidamente.

 

 

El pececillo presumido

Érase una vez un pececillo muy bonito, de cuerpo corto pero robusto, con un color anaranjado muy intenso, y una zona central negra. Se parecía a un carbón encendido. En su pequeña cabecita tenía una franja nacarada que le bajaba directamente a los ojos. Sus aletas eran también anaranjadas, aunque las ventrales tenían una tonalidad oscura en su parte anterior.

Era muy vivaz nuestro pececillo. Aunque sus compañeros vivían en grupos pequeños, éste era muy solitario pues sólo sabía hacer una cosa que no podía compartir con nadie : presumir.

Un día, paseándose por entre unos guijarros en el fondo del mar, se encontró con el señor pulpo :

- ¡Eh, payaso !, ya que así se llamaba nuestro pececillo. En realidad era un pez payaso, pero como no tenía nombre, todos le llamaban payaso.

- ¿Qué quieres, ocho patas ?, le contestó el pez payaso.

- ¡Ten cuidado !, hay humanos pescando, le dijo con cierto temor el señor pulpo.

- A mí que, contestó payaso.

- En vez de pavonearte tanto, deberías hacer algo, deberías aprender algo, si no..., el día menos pensado..., le comentó el señor pulpo, que pasa por ser uno de los animales más inteligentes.

- ¿Para qué ?, yo soy tan apuesto y bello que no necesito aprender nada. Si me pescan, me soltarían por mi atractivo. Además, ¿para qué sirve aprender ?. Por ejemplo, ¿tú qué sabes hacer ?, le dijo el pececillo al señor pulpo, no sin cierta prepotencia.

- Yo, con mis tentáculos, puedo defenderme, puedo coger varias cosas, puedo...

- Ya ves que interesante, le interrumpió payaso, lo que irritó un poco al señor pulpo, pues no está bien interrumpir a un animal o persona cuando está hablando.

- Bueno, bueno. Sigue así y verás que pronto te pescarán.

- Tonterías, comentaba payaso mientras se alejaba en dirección a unas algas.

Siguiendo con su paseo, al girar una roca, se encontró con el pez globo.

- ¡Hola, payaso !, ¿qué haces ?, le preguntó éste.

- Nada, contestó payaso, que estaba todavía algo irritado después de su encuentro con el señor pulpo.

- Pues si no haces nada, pronto acabarás en las redes de los humanos, le dijo el pez globo en un tono conciliador.

- ¡Otro !, dijo enfurecido payaso, y continuó más enojado aún: ¿Tú qué sabes hacer listillo ?.

- ¿Yo ?. Pues mira, si me cogen, me hincho y me hincho y, de este modo, como no me pueden comer me sueltan, dijo el pez globo todo satisfecho.

Ahora sabéis ¿por qué se llama pez globo ?, mis menudos amiguitos.

- Pues menuda tontería, replicó el pez payaso. A mí, si me cogen me soltarían por mi extraordinaria y sin igual hermosura, le dijo al pez globo, igual que antes había hecho con el señor pulpo.

- Yo que tú, empezó a indicarle el pez globo, dejaba de presumir tanto y me esforzaría en aprender algo, pues hay humanos pescando, comentó con cierto temor, también, el pez globo.

- Tonterías, volvió a replicar payaso y, dando un fuerte movimiento a su aleta caudal, se giró y se fue.

- Ten cuidado..., se quedó hablando el pez globo en la lejanía.

Así siguió durante parte del día el pececillo presumido y presuntuoso, hablando con unos y con otros sobre las distintas maneras de zafarse de un ataque de otros peces o de los humanos, las pinzas de los cangrejos, la tinta de los calamares, el mimetismo, etc., etc. Pero payaso no prestaba atención, pues pensaba que eso no era útil.

De repente, se oyó un gran estruendo que provenía de detrás de una gran roca que había en el lecho marino, un ruido como si algo grande se arrastrara por el fondo. El pez payaso se dio la vuelta y fue a ver que era eso, y...

En la cubierta de un gran barco de pesca, varios pecadores se encontraban separando los peces que habían caído en la red, cuando uno de ellos vio a payaso, tan bonito y tan pequeño :

- Seguro que éste le gusta mucho a mi nenita, pensó. Y lo metió en una bolsa con un poco de agua marina, y lo guardó en su cesta de comida.

Cuando empezó a recuperarse, payaso se preguntaba : ¿dónde estoy ?, ¿qué es esto tan oscuro y tan pequeño?, pues intentando huir se daba de broces contra las paredes de la bolsa de plástico.

Al cabo de unas horas, alguien coge la bolsa y se pone a mirar a payaso.

Payaso abre sus pequeños ojos y ve a una niña tan rubia que sus cabellos parecían los rayos del sol, con unos ojos tan azules como el fondo del mar por el que presumía payaso, tan bonita, pensó, como él, o más.

- Mami, mami, decía la preciosa chiquilla, mira que me ha traído papá.

- ¡Que bonito !, le dijo su madre. ¿Qué vas a hacer con él ?, le preguntó su madre.

- No se. De momento lo pondré en una pecera, dijo María, que era el nombre de esta muñequita.

Pasaron los días, las semanas, los meses,... Payaso estaba cada día más triste, y pensaba :

- ¡Ah !, que razón tenían mis amiguitos del mar. Sólo presumir y presumir. Antes podía presumir ante muchos. Ahora, ni eso. Sólo puedo presumir ante esta niña, que además es más bonita que yo. Si pudiera volver a mi mar..., pensaba una y otra vez el pez payaso totalmente arrepentido de su forma de ser.

Pero la niñita también pensaba :

- Pobrecillo, sin su mamá, sin su papá, sin sus amiguitos. Tan bonito como es y sólo yo puedo disfrutarlo.

- Mami, papi, empezó diciendo una tarde la pequeñina : he decidido devolver al pececillo al agua. Está muy solo y muy triste sin sus padres. No come casi nada y ¡es tan bonito ! que debe seguir alegrando el fondo del mar con sus colores.

- Muy bien hija. Lo que tu digas.

Y se fueron en una barquita a devolver a payaso a su ambiente.

A payaso, que estaba adormecido por la hora que era, le llegó, de repente, un olor conocido, el olor del mar. En un instante, todavía sin desperezarse del todo, unas pequeñas manitas lo cogen, le dan un beso en la boquita, y lo meten en el agua, soltándolo a continuación.

Se puso tan contento payaso, que dio varias vueltas sobre sí mismo, y antes de alejarse, miró a la niña dándole las gracias y dejando escapar una pequeñísima lágrima de satisfacción. Claro, la niña no le pudo oir, pero lo entendió perfectamente.

Nadando a toda velocidad, fue a ver al pez mariposa para que le aceptara en la escuela de peces, y de este modo aprender todo lo que debe saber un pez de los peces y de los humanos, aunque la primera lección ya se la había aprendido bien.

Todos los peces marinos se enteraron pronto de que payaso había vuelto y lo celebraron con una gran fiesta en la que tocaron los cangrejos violinistas y el pez banjo, hizo trucos de magia el pez hada, no paró de contar chistes el pez papagayo bicolor y los peces saltarines no dejaron de hacer eso, precisamente, en toda la tarde.

Encima de ellos, la barquita iba en dirección al puerto. La niñita se había dormido en los brazos de su padre que le había contado el cuento de Pedro y el lobo. El padre estaba muy satisfecho por lo que su hijita había hecho gracias a las cosas que había aprendido hasta ese momento.

Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado. 

 

 

La jirafa y el leoncito

    Una enorme jirafa se acercó a beber en un río. Miró alrededor por si había cerca algún león. Tenía que tener cuidado, ya que muchas veces los leones las atacaban cuando estaban bebiendo.

    Abrió sus patitas delanteras para poder bajar su largo cuello y se acercó al agua. Allí, vio una sombra y se asustó un poco, enseguida observó que un pequeño león se escondía en un arbusto. Era Leonín, un pequeño león que se había perdido.

    Leonín, miró hacia el cuello de la gran jirafa que parecía no acabarse nunca. Cuando al fin vio su cara, unos enormes ojos negros le miraban. 

    El leoncito giró su cabeza y agachó las orejas. Avanzó la jirafa, a paso lento y tranquilo, hacia él, le tendió la patita. El león la acarició y ambos perdieron el miedo.

    La jirafa le preguntó: - ¿Cómo estás tan lejos de tu casa?.

    - Verás, le dijo el león, me perdí por salir corriendo detrás de una gacela. ¡Sólo quería jugar!.¡Corrí muy veloz hasta quedar agotado!.

 -¿Qué ocurrió después?.

    - La gacela se espantó y yo me quede en este lugar. Estaba muy asustado, pero soy un león valiente, ¡no quería llorar!. ¡Estoy tan cansado!, dijo el leoncito.

    - Ven, vamos hasta aquel árbol, - le dijo la jirafa – allí descansaremos.

    El león se acurrucó entre las patitas de la jirafa y se quedó dormido junto a ella. Juntitos, muy juntitos para darse calor.

    Pasaron largos días, la jirafa cuidaba de él, le alimentaba y le daba cariño como si fuera su mamá. Un día le explicó que tal vez, dentro de un tiempo tendría que volver con los demás leones, pues era lo mejor para el leoncito.

    Una mañana, el león bebía en el río, cuando unos leones se acercaron a él. La jirafa les observaba desde un alto. Contempló como el león se había encariñado con ellos. Había llegado el momento de partir.

    Ella vio cómo se alejaba el leoncito para siempre, pero a pesar de todo estaba feliz, porque él, había encontrado a su nueva familia.

 

 

Púas el erizo

    Púas, era un erizo pequeñito, de color marrón, un poco torpe y patosito. Tenía un hocico negro y unas patitas gordas. Siempre se metía en líos, por culpa de sus púas pinchosas.

    Un día, estaba tejiendo Doña Gatita un jersey muy lindo para su bebé gatito y Púas se acercó a curiosear. La gata había comprado en la tienda del pueblo una gran canasta de madejas de colores y quería hacerle el jersey cuanto antes para que no pasara frío.

    Doña Gatita, le decía a su pequeñín: ¡Que guapo vas a estar!, ¡eres el gatito más lindo de toda la vecindad!.

    Púas se había escondido detrás del sillón. Los colores de las madejas llamaron su atención y, al inclinar la cabecita para verlas mejor, se cayó dentro de la canasta. El erizo se metió entre las madejas y no podía salir. El hilo se había enganchado en sus púas y lo había enredado todo.

    - ¡Ay, Ay, mira lo que has hecho! Dijo la gatita. ¡Ahora que voy a hacer!.

    Púas se sintió muy avergonzado y pidió perdón a la gatita, pero el hilo estaba destrozado y ya no servía para hacer el jersey. Al llegar a su casa, Púas le contó a su mamá lo que había ocurrido. Le pidió que ella hiciera un jersey para el gatito.

    Su mamá le dijo:  ¡No te preocupes Púas, yo lo haré! ¡No tienes que ser tan travieso! ¡Has de tener más cuidado!

    Púas no sabía remediarlo, era tan inquieto que volvió a meter la pata, bueno mejor dicho las púas. Vio la madriguera de un conejo y quiso entrar en ella para curiosear. La Señora Coneja acababa de tener crías. Estaban todas allí, muy juntitas. Todavía eran demasiado pequeñas para salir. 

    Púas consiguió meterse en la madriguera y llegar hasta las crías. Todo estaba muy oscuro y no podía ver nada. El erizo iba de un lado para otro, sin darse cuenta que según se movía iba pinchando a las crías.

    - ¡Fuera de aquí!. Le dijo Doña Coneja muy enfadada.

    Púas estaba triste, él no quería hacer daño, pero siempre le salía todo al revés. Pensando y pensando, encontró la forma de hacer algo bueno y práctico con sus púas.

    - ¡Ya sé! ¡Limpiaré las alfombrillas de las casitas de los animales!, dijo Púas, convencido de que había encontrado la solución. ¡Esta vez, tengo que hacerlo bien y estar preparado para trabajar!. ¡No volveré a equivocarme!.

    Comenzó a trabajar, como un verdadero experto. Se ponía su mascarilla para el polvo, y limpiaba y limpiaba. Los animales estaban muy contentos de que, por fin, hiciera algo que le gustara y no molestara a los demás.

    Se convirtió en un gran limpiador de alfombras y todos estaban muy orgullosos de él. Púas había encontrado una razón para ser feliz.

 

 

El pollito Pito

    Un día el pollito Pito fue al bosque y, ¡pum!, le cayó una ciruela en la cabeza.

    - ¡Ay, Dios mío! -dijo muy asustado.

    - El cielo se va a caer y el rey lo debe saber. Voy deprisa a darle la noticia.

    Camina que te camina se encontró con la Gallina Fina.

    - Buenos días, Pollito Pito. ¿Dónde vas tan tempranito?

    - El cielo se va a caer y el rey lo debe saber. Voy deprisa a darle la noticia.

    -Pues yo voy también a decírselo al rey.

    Y allá fueron los dos, la gallina Fina y el pollito Pito, camina que te camina, hasta que se encontraron con el gallo Malayo.

    - Buenos días, gallina Fina y pollito Pito. ¿Dónde vais tan tempranito?

    - El cielo se va a caer y el rey lo debe saber. Vamos deprisa a darle la noticia. 

    -Pues yo voy también a decírselo al rey.

    Y allá fueron los tres, el gallo Malayo, la gallina Fina y el pollito Pito, camina que te camina, hasta que se encontraron con el pato Zapato.

    - Buenos días, gallo Malayo, gallina Fina y pollito Pito. ¿Dónde vais tan tempranito?   

    - El cielo se va a caer y el rey lo debe saber. Vamos deprisa a darle la noticia. 

    -Pues yo voy también a decírselo al rey.

    Y allá fueron los cuatro, el pato Zapato, el gallo Malayo, la gallina Fina y el pollito Pito, camina que te camina, hasta que se encontraron con el ganso Garbanzo.

    - Buenos días, pato Zapato, gallo Malayo, gallina Fina y pollito Pito. ¿Dónde vais tan tempranito?   

    - El cielo se va a caer y el rey lo debe saber. Vamos deprisa a darle la noticia. 

    -Pues yo voy también a decírselo al rey.

    Y allá fueron los cinco, el ganso Garbanzo, el pato Zapato, el gallo Malayo, la gallina Fina y el pollito Pito, camina que te camina, hasta que se encontraron con el pavo Barbado.     

    - Buenos días, ganso Garbanzo,  pato Zapato, gallo Malayo, gallina Fina y pollito Pito. ¿Dónde vais tan tempranito?   

    - El cielo se va a caer y el rey lo debe saber. Vamos deprisa a darle la noticia. 

    -Pues yo voy también a decírselo al rey.

    Y allá fueron los seis, el pavo Barbado, el ganso Garbanzo, el pato Zapato, el gallo Malayo, la gallina Fina y el pollito Pito, camina que te camina, hasta que llegaron al palacio del rey.

 Escucha rey amado,

 el cielo se ha rajado.

Mándalo a componer

porque se va a caer.

 

 

La colección de animales

    A Susana le encantan los animales . Tiene una colección preciosa: mariquitas de pintas negras, hormigas feroces del jardín del colegio, un ciempiés al que le faltan algunas patas y una lagartija. La lagartija es la única que tiene nombre: se llama Elvira. Porque un día Susana se la enseñó a su tía Elvira y a la lagartija le cayó tan bien que se subió corriendo por su brazo y se metió por debajo de su vestido.

    La tía Elvira puso una cara rarísima, luego se levantó de la silla y empezó a correr por toda la habitación dando saltos y palmeándose la espalda. Pero la lagartija debía estar pasándoselo estupendamente porque no quería salir.

    La tía Elvira se puso roja, luego amarilla, después blanca. Y al final cayó desmayada encima del sofá. Y entonces salió la lagartija, tan campante; levantaba la cabeza y movía la cola a toda velocidad, contentísima.

    Para ampliar la colección de Susana, una mañana de sábado fuimos al campo. Quino trajo la cantimplora. Rodrigo su álbum de cromos de animales por si nos encontrábamos un guacamayo o un ornitorrinco. Lucía, su linterna; Susana, un cazamariposas y unos botes vacíos y Gordo Flas, bocadillos para todos.

    Al principio, como estábamos muy nerviosos, no parábamos de hablar y de correr y los únicos bichitos que veíamos eran las moscas.

    Pero luego nos tranquilizamos, aprendimos a andar despacio y a mirar con ojos de explorador especial.

    De repente, Quino dio la voz de alarma:

    - Mirad, allí, ¡una mariposa!

    -¿Una cosa en una lata? - preguntó Lucía.

    - No, -dijo Quino, hablando bajito. -Una mariposa pirata.

    - ¿Una rosa en una lata? -volvió a preguntar Lucía.

    - ¡No! -dijo más fuerte Quino. -¡Una mariposa pirata!

    - ¿Que vienen miles de ratas? -tembló Lucía.

    - ¡QUE NOOO! - El grito fue terrible. -¡¡¡UNA MARIPOSA PIRATA!!!

    Y Quino chilló tanto que el eco fue repitiendo IRATA, RATA, ATA..AAA...., hasta que la última A se fue en busca de la luna.

    Entonces la vimos. Allí estaba, posada encima de una flor.

    Y era pirata, porque encima de cada ala tenía pintada una calavera.

    Gordo Flas enseguida preparó la cacería.

    - Tú Lucía, por detrás de aquellas jaras. Tú, Quino, ponte detrás del pino. Tú, Rodrigo, prepárate por si sale volando. Y tú Susana, a mi lado, y cuando yo diga ¡ya! échale el cazamariposas encima.

    La mariposa debió de habernos oído porque levantó el vuelo y fue a posarse ¡encima de mi nariz!

    - No te muevas -dijo Quino.

    Y yo le obedecí. Pero la mariposa empezó a moverse y con sus patitas me hacía muchísimas cosquillas, y me entraron unas ganas enormes de... estornu... estornu.... estornu... estornudar.

    ¡Atchússs! dije, y a la vez oí el grito de Gordo Flas:

    -¡Ya! -¡La hemos cogido! ¡La hemos cogido!

    Abrimos uno de los botes y metimos dentro la mariposa. Luego nos sentamos debajo de un árbol a merendar. Y mientras merendábamos mirábamos a nuestra mariposa: revoloteando dentro del bote, subía hasta la tapa con agujeritos y buscaba continuamente un sitio para escapar.

    Creo que a todos nos empezó a pasar lo mismo. Nos daba una pena grandísima. Tanto, que hasta se nos quitaron las ganas de comer.

    Fue Rodrigo quien dijo la frase mágica.

    -Pobrecilla, ¡con lo a gusto que estaría ella volando!

    Y fue Lucía la que abrió el bote.

    - Los animales deben estar libres, dijo.

    Y la mariposa empezó a volar alto, muy alto, como una cometa, hasta que se perdió en el azul del cielo.

    Aquella misma tarde Susana llevó sus hormigas feroces al hormiguero del jardín, dejó las mariquitas junto a unos geranios, buscó un refugio para su ciempiés y puso a Elvira sobre la tapia más alta y soleada del colegio. Nosotros la miramos en silencio. Y Susana, ¡qué valiente!, hizo todo esto sin soltar una lágrima.

    Al día siguiente, Susana nos enseñó su nueva colección de animales: un elefante africano, una cebra de Tanzania, un cocodrilo del Nilo, una gacela de cuernos puntiagudos y un tigre de Bengala.

    ¡Una fantástica colección de animales..., de goma!

 

 

La hormiga presumida

    Había una vez una hormiga tan presumida que en vez de buscar comida siempre estaba buscando cosas para ponerse guapa. Cuando por la noche todas contaban lo que habían recogido, ella no hacía más que pavonearse de lo guapa que estaba. Sus compañeras le llamaban la atención pero no había manera, un día se hacía un traja con un trocito de tela, otro día se lo pasaba peinándose con una espina de pescado, al siguiente encontraba un trozo de espejo y no paraba de mirarse, etc.

    Un día encontró un sombrero de copa y ya no hubo nada más para ella. Casi no se la veía pero ella se encontraba guapísima. De pronto el cielo se puso negro y empezó a llover, todas se refugiaron pero ella no podía correr por culpa del sombrero. Por fin llegó al hormiguero pero el sombrero no cabía, se subió encima para empujarlo y el agua lo arrastro con ella subida. Todas se quedaron muy apenadas pensando que se iba a ahogar pero al día siguiente apareció mojada, cansada y sucia.

    Después de este susto fue una hormiga casi normal ya que siempre llevaba una bonita cinta en la cabeza.

 

 

El ciempiés bailarín

    Jimmy el ciempiés vivía cerca de un hormiguero. Su gran afición era bailar. Tenía unas patitas ágiles como las plumas. Le encantaba subirse encima del hormiguero y empezar a taconear.

    Jimmy cantaba: ¡Ya está aquí, el mejor, el más grande bailaor!.

    Era muy molesto oír tantos pies, retumbando y retumbando sobre el techo del hormiguero. Las hormigas asustadas salían para ver lo que ocurría.

    El ciempiés seguía cantando: ¡Ya está aquí, el mejor, el más grande bailaor!.

    - ¡Otra vez Jimmy!, decía la hormiga jefe. ¡No podemos trabajar, ni dormir! ¿No puedes irte a otro sitio a bailar?

    La hormiga jefe ordenó a su tropa de hormigas que llevaran a Jimmy a otro lugar.

    - ¡No, hormiga jefe! ¡Ya me voy! Dijo Jimmy.

    Jimmy se acercó a la casa del señor topo. Se puso al lado de la topera y vuelta a taconear. Seguía con su canción: ¡Ya está aquí, el mejor, el más grande bailaor!

    El señor topo enfadado, salió y le dijo: ¡Jimmy, estoy ciego pero no sordo! ¿No puedes ir a otro sitio a bailar?

    Jimmy estaba un poco triste, porque en todas partes molestaba. Cogió sus maletas y se marchó de allí. Empezó a caminar y caminar, hasta que estaba tan cansado que no tuvo más remedio que descansar. Se quedó dormido bajo un árbol. Cuando despertó al día siguiente, estaba en un campo lleno de flores.

    - ¡Éste será mi nuevo hogar!, dijo el ciempiés.

    Tanto se entusiasmó Jimmy, que no se dio cuenta que un gran cuervo estaba justo encima de él, en el árbol. Jimmy se puso a taconear con tanta alegría que llamó la atención del cuervo. El cuervo inclinó el cuello y vio a Jimmy taconeando. ¡Pobre Jimmy!.

    El pájaro se lanzó sobre él, con gran rapidez. Abrió su bocaza y cogió al ciempiés.

    El ciempiés gritaba: ¡Socorro, socorro!.

    Un cazador que andaba por allí observó al cuervo volando. No le gustaban mucho los cuervos, pues él creía que le daban mala suerte. Hizo un disparo al aire para asustarlo. El cuervo soltó al ciempiés.

    Al caer, el ciempiés se dio un gran batacazo. Esto le sirvió de lección. Aprendió a ser más responsable y fijarse bien dónde se ponía a bailar. Buscó un lugar seguro y allí danzaba y bailaba. No molestaba a nadie ni a él le molestaban.

    Así fue como el ciempiés empezó a ser respetado por todos.